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¿Con Repsol, o con los indios? ¡Con los indios!
#1

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</TD></TR></TBODY></TABLE><TABLE width="95%"><TBODY><TR><TD>[Imagen: zoommas.jpg] [Imagen: zoommenos.jpg] [Imagen: columnas.gif]</TD><TD class=fecha align=right>05-05-2006 </TD></TR></TBODY></TABLE></CENTER><CENTER>
La dignidad de los bolivianos y los intereses de los accionistas de REPSOL </CENTER>
Rubén Martínez Dalmau
Rebelión





Comencé a leer Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, durante un viaje nocturno desde Encarnación hasta Trinidad, en Paraguay. Allí era invierno, hacía frío y, aunque el autobús en el que viajábamos se anunciaba como de gran clase, no consiguieron hacer funcionar la calefacción. Así que me recogí en uno de los escasos asientos con luz de lectura, y a los pocos minutos la falta de mantas parecía la menor de las preocupaciones.
El terrible espectáculo que describe el libro alcanza cotas sobrecogedoras cuando trata el pasado y el presente de Potosí, en Bolivia. Nada brilla ya en las minas que abastecieron de plata las arcas de los poderosos y los banqueros europeos durante siglos y que hizo posible una nueva revolución del metal en Europa; quizás queda algo de estaño, que los españoles desechaban como basura. Como escribe el autor, Bolivia, hoy uno de los países más pobres del mundo, podría jactarse –si ello no resultara patéticamente inútil- de haber nutrido la riqueza de los países más ricos. Ya en pleno siglo veintiuno, después de muchos años desde la primera edición del libro, los indígenas de Potosí siguen masticando coca para matar el hambre y siguen quemándose las tripas con alcohol puro, como describen sus páginas. “Esto vale un potosí”, le decía el Quijote a Sancho; ahora sería lo mismo que decir que no vale nada. Coincidí con Galeano por primera vez en Santo Domingo, pocos días antes de la segunda victoria de Leonel Fernández, y no pude evitar comentarle mi impresión de la lectura mientras caminábamos por las húmedas calles de la capital dominicana. Le creí firmemente cuando me comentó que no encontraba palabras suficientes para describir la impotencia que sentía cada vez que era testigo de las injusticias en las que viven muchos pueblos latinoamericanos.

Una gran parte de América Latina ha sido objeto de saqueos y pillajes desde su “descubrimiento”, y lo sigue siendo en la actualidad. Los procesos de independencia que conformaron las actuales naciones latinoamericanas estuvieron liderados en buena parte por las clases pudientes, los criollos, educados en Europa y poseedores de las haciendas, y lo que querían es adueñarse de todo beneficio y no tener que compartir el trabajo de los otros con la metrópoli. Los pobres siempre han sido los desheredados de estas sociedades y, entre estos pobres, los indios, porque -como he escuchado en varios lugares desde Caracas a Santiago- sólo hay una cosa peor que ser pobre: ser indio. Indígena, diríamos ahora, en ese afán eufemístico por ocultar lo que no nos gusta como quien tapa un desconchado con un cuadro, pero en el fondo es lo mismo; no comen más, ni viven mejor, ni ven un futuro más claro por el uso de uno u otro término.

Pero sí ven su futuro más claro en otras cosas; por ejemplo, en la llegada al poder de personas que sienten cercanas, y que emprenden políticas que creen que les van a favorecer. como la nacionalización de los hidrocarburos. Y es que no les queda mucho más que algunos recursos naturales que no fueron objeto de saqueo en aquel momento porque no se conocía su utilidad, o porque no les dio tiempo. Aun así, lo son ahora por parte de grandes multinacionales, aunque en algunos casos parece que se llegará a tiempo para evitar su total expoliación. La nacionalización de los recursos naturales debería ser la norma habitual en los países pobres, porque se trata de lo poco que les queda. A los bolivianos, por no quedarles no les queda ni mar, porque el trozo que heredaron de la época de la colonia se lo anexionaron los chilenos –cuando si algo le sobra a Chile es justamente costa- en una de las múltiples guerras en las que, impulsadas por los gobernantes criollos, se vio inmerso el país y de las que, por cierto, no ganaron ni una.

Ahora dicen los de REPSOL, y no sólo ellos, que la nacionalización estaba anunciada, que la esperaban, pero que no han sido correctas las formas. ¿Pero de qué formas estamos hablando? ¿Es que acaso una nacionalización a través de un decreto presidencial no sirve en un país donde una familia vive un año con menos de lo que en España cobra un obrero en un mes?. Yo sé a qué formas se están refiriendo, porque he conocido a alguno de esos sujetos que viajan en business class de traje y corbata con un maletín del que no se desprenden, y que se acercan al gobernante de turno susurrándole al oído que tú y yo nos entendemos, y acercándole los fajos lo suficiente para que al menos pueda olerlos. Como cuando llegaban los europeos a América y cambiaban los espejitos por oro. El problema es cuando la dignidad está por encima del egoismo, y el gobernante no está en venta. Los sujetos encorbatados no lo entienden, porque no hablan ese idioma. Para ellos, el término “dignidad” es, como tantas otras cosas, relativo. Por eso no se acaban de creer cómo el mismo señor del jersey a rallas al que le tuvieron que prestar un abrigo cuando emprendió su viaje a Europa sea el mismo que ahora interponga su dignidad a los intereses de las grandes multinacionales. El lenguaje de la dignidad es para los ejecutivos de las multinacionales, como canta Djavan, japonés escrito en braille.

Si de formas se trata, no quiero perderme el pataleo de las multinacionales y sus súbditos cuando la Asamblea constituyente boliviana, dentro de algunos meses, apruebe la constitucionalización de la tenencia pública de los recursos naturales, como soberanamente hicieron los venezolanos en 1999. Entonces sí habrá una forma bien clara: la del poder constituyente del pueblo, que decidirá que si alguien quiere en algún momento vender las riquezas de su suelo deberá consultarles primero. En ese momento, la alternativa no será esperar a que cambie el gobierno, sino plegarse a la necesidad de incrementar la justicia en los tratos comerciales. Claro que siempre queda, como pasó en Venezuela, promover un golpe de Estado. Las multinacionales saben mucho de este procedimiento, llevan años utilizándolo para proteger sus intereses.

Mientras se reconoce la dignidad de esta decisión, habrá que aguantar marea. Entre ella, la de los tertulianos que nos despiertan cada día con pesimistas lamentaciones sobre el futuro de las bolsas y avisos sobre quién se ha creído que es ese cocalero porque, no olvidemos, cocalero es el que cultiva la hoja de coca. Son los mismos que quedaron desconcertados cuando Hugo Chávez ganó el primer referendo revocatorio de la historia contemporánea con casi el 60% de los votos, y que –la ignorancia es atrevida- son capaces de afirmar que en Venezuela no se ven resultados de las políticas sociales del gobierno bolivariano. Entonces, ¿cómo se explicarán en diciembre la reelección de Hugo Chávez en una Venezuela donde, según ellos, hay más pobreza, más injusticia y más violencia? ¿Cómo se explican la victoria de Humala, el éxito de algunos programas de Lula, la popularidad de Kirchner? Son incapaces de darse cuenta que los pueblos latinoamericanos reniegan de consensos como el de Washington, por el que los pobres siguen siendo pobres y los ricos son más ricos. También, en este caso, no hay mayor ciego que el que no quiere ver.

Pues sí, a mí los accionistas de REPSOL no me dan ninguna pena. Y un Gobierno consecuente no se lanzaría a defender con uñas y dientes los intereses de una minoría económica, sino que se preguntaría por qué los precios de la gasolina crecen a ritmos mucho mayores que el del petróleo y mucho antes de que el barril de petróleo que se compra por determinado valor pueda llegar a los surtidores. ¿No tendrá algo que ver el aumento del consumo ante la cercanía de días festivos, o el consenso de precios entre los distribuidores, atentando contra toda normativa de la libre competencia? Ojalá nuestro Gobierno se interese más por estas cuestiones, que afectan a la mayoría de la población, que por los miramientos hacia los accionistas de REPSOL, y es sólo un ejemplo. Porque la dignidad de los bolivianos y los intereses de los accionistas son incompatibles. Y, me van a perdonar si es el caso, pero yo me quedo con la primera.

El autor es profesor de Derecho Constitucional en la Universitat de València




Hazas está con los indios. Ya ví de rapacín, tirando a adolescente, muches vaquerades... Ahora, no me voy a "CALUMBAR" (término empleado muchas veces en Asturias y Cantabria); saco la cabeza del agua pa decir muy altu: ¡Me siento INDIO!
#2

<CENTER><TABLE height=45 cellSpacing=0 width="95%" background=graficos/cabnueva.jpg><TBODY><TR><TD vAlign=top></TD></TR></TBODY></TABLE><TABLE cellSpacing=0 width="95%"><TBODY><TR><TD bgColor=#336666>España - Opinión

</TD></TR></TBODY></TABLE><TABLE width="95%"><TBODY><TR><TD>[Imagen: zoommas.jpg] [Imagen: zoommenos.jpg] [Imagen: columnas.gif]</TD><TD class=fecha align=right>07-05-2006 </TD></TR></TBODY></TABLE></CENTER><CENTER>
España se une contra Bolivia </CENTER>
Marcos Roitman Rosenmann
La Jornada


Puede y debe separarse la acción de Estado de los intereses económicos de las empresas privadas que actúan bajo su bandera en territorio extranjero. Pero no es el caso. El gobierno del PSOE defiende la empresa privada Repsol, pese a las imputaciones de fraude, corrupción, malversación y contrabando de petróleo. La política exterior de un gobierno, disque democrático, debe ser capaz de proceder en consonancia y no contribuir a desestabilizar un proceso político bajo amenazas veladas. Sin embargo, lo promueve descalificando la nacionalización al considerar que vulnera la ley de inversiones extranjeras. Igualmente lleva al ridículo a sus dirigentes con apelativos que tienden a poner en inferioridad a sus pueblos y sus instituciones. Bajo el uso de testaferros, periodistas, intelectuales y tertulianos proyecta una imagen de país sumido en la degradación moral y política, donde los problemas no se arreglan nacionalizando los hidrocarburos y las riquezas naturales. Los medios de comunicación públicos presentan una imagen de Bolivia donde medidas como la anterior preocupan a los países vecinos.
Mientras, en España, la oposición y los medios de comunicación privados se suman a dicha campaña avasallando y profiriendo insultos. Los programas de televisión de todas las cadenas emiten especiales invitando a reporteros de La Vanguardia, Expansión, El Mundo, El País, ABC, La Razón, Radio Nacional de España, Cadena Ser, Onda Cero, COPE, Punto Radio, El Periódico, Diario Vasco, etcétera. Sin excepción y ya es raro, coinciden en llamar populista, trasnochado, manipulador, mentiroso e izquierdista al presidente Evo Morales. Ya no digo a su vicepresidente Alvaro García Linera. Todos se regodean en exigir al gobierno del PSOE medidas de fuerza, haciendo hincapié en la desvergüenza del indigenista de atacar los intereses de las empresas que fueron a invertir para ayudar al desarrollo, crear empleo y favorecer el progreso del país. En programas clave, Los desayunos de Televisión Española, El ruedo ibérico o La mirada crítica, los más vistos, y en las tertulias de las cadenas de radio más escuchados el problema se construye de esa manera. Las empresas españolas fueron con buenas intenciones y con objetivos filantrópicos a crear empleo, riqueza y desarrollo y ahora son penalizadas por un gobierno manejado desde fuera por Fidel Castro y Hugo Chávez. Eduardo Zaplana, portavoz del Partido Popular, se despachó a gusto en Antena 3 y llamó al presidente de Bolivia "tipejo de la peor especie". Y le dijo al presidente de gobierno que ya sabe lo que pasa si se perdona a Bolivia parte de la deuda externa, que esto con José María Aznar no pasaría. La presentadora tomó nota y los demás contertulios asintieron sin rechistar. Javier Solana, el hombre fuerte de la diplomacia de la Unión Europea, en entrevista con Televisión Española, dijo sin arrugarse que Morales no entendió las ordenes y que debía atenerse a las consecuencias. Destacados políticos de los partidos Socialista, Popular, Nacionalista Vasco, Convergencia i Unió y de índole regional han mostrado su preocupación ante la decisión y exigen medidas que obliguen a rectificar al subordinado. El imperialismo español de las trasnacionales opera en todo su esplendor.
Para la mayoría de los partidos políticos, incluidos dirigentes sindicales de Comisiones Obreras y UGT, exceptuando Izquierda Unida, se trata de una medida trasnochada y el principal argumento descalificador se concreta en un rotundo "han sido unos mal educados". No han respetado las formas. Evo Morales debió haber consultado, avisar y, al mismo tiempo, reunirse con las empresas y el gobierno de la corona antes de tomar cualquier decisión. De haberlo hecho, seguramente habría evitado este desaguisado. O se podría haber llegado a un acuerdo entre "caballeros". Pero claro, se precipitó. No tuvo paciencia. Es un golpe contra los empresarios y las inversiones extranjeras. El país se resentirá, no sabe lo que hace, recibe órdenes de Fidel Castro.
Mario Benedetti señala que a los españoles, sobre todo a los progresistas, les gusta apoyar las revoluciones fracasadas, pero no las triunfantes. Ello exige principios y compromiso. Si hoy se tratase de las nacionalizaciones chilenas de Salvador Allende del cobre o las del petróleo de México con Lázaro Cárdenas, seguramente se opondrían. Así apoyan a compañías trasnacionales como Repsol, Endesa, Santander Central Hispano, BBV, Telefónica o Iberdrola. La piña entre gobierno y empresas permite disfrutar de un buen nivel de vida a una mayoría de españoles a costa de la pobreza y miseria de los países donde van a radicarse. Sólo que esa parte oscura prefieren no destaparla. Sean gobiernos socialistas o del Partido Popular, sus políticas han creado un subimperialismo. Descapitalizan, roban, explotan, destruyen el medio ambiente, exterminar la población aborigen, eso sí con el consentimiento de gobiernos cipayos latinoamericanos. Cuando triunfan coaliciones y proyectos políticos cuyos programas tienen como objetivo recuperar la dignidad, la soberanía, entonces se dedican a conspirar para su destrucción y caída. Su acción es tildarlos de no respetar las reglas del juego, las neoliberales, claro está. Es decir, se trata de que no se interfiera en el mecanismo para obtener sus beneficios. Los casos de Bolivia con Repsol y Chile con Endesa, propietaria de 62 por ciento de los recursos hidráulicos, es significativo. Sus ganancias son repatriadas a España y sirven para aumentar sus recursos gracias a la sobrexplotación de los trabajadores bolivianos y latinoamericanos cuyos sueldos de miseria no cotizan en bolsa.
Las grandes compañías españolas que actúan hoy en América Latina se oponen a la nacionalización cuentan con el aval del PSOE y el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Romper esta unidad no es viable en el corto y mediano plazo. Los intereses de España en América Latina son fundamentalmente económicos y los políticos están en un segundo plano. Además, la dependencia con respecto a Estados Unidos en esta dimensión es grande. Si se produce una ruptura supondría reconocer la capacidad de un gobierno como el de Bolivia para ejercer su derecho a recuperar sus riquezas básicas para construir una Bolivia digna, soberana y productiva, y vivir bien. Pero como en 1970 las nacionalizaciones y la política de soberanía supuso desestabilizar Chile hasta conseguir un golpe de Estado, España puede en el siglo XXI continuar la misma senda, y esta vez la excusa no sería el anticomunismo, sino no respetar las reglas del juego de Repsol, todo un logro de la globalización.



Hazas sigue en la reserva India: de ahí que sea tan atrasau


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