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Aguirre, una neocon mitad Thatcher, mitad Evita
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18/12/2007

Aguirre, una neocon mitad Thatcher, mitad Evita

La presidenta de Madrid avisa de que no está dispuesta a conceder a Gallardón ni un milímetro de ventaja

¿Qué interés tendría para la mayor parte de los ciudadanos el hecho de que Alberto Ruiz Gallardón formara parte o no en la candidatura de Mariano Rajoy, de ser éste un líder sólido y con el viento de las encuestas soplándole de popa? Tendría, ciertamente, un interés muy relativo, cercano a la curiosidad o al chisme, y poco más.
Las declaraciones de Ignacio González, vicepresidente del Gobierno autonómico de la Comunidad de Madrid, y hombre de la máxima confianza de Esperanza Aguirre, no hubieran ocupado la portada a toda página de El Mundo, si Rajoy se encontrara firme en sus aspiraciones de llegar a La Moncloa. En términos periodísticos, cabría decir que -con Rajoy robusto- los cabildeos de Gallardón o de Aguirre o no existirían o no serían noticia relevante, de modo que podría publicarse a modo de gacetilla o de suelto.

Salvo imprevistos
Pero las palabras de González han venido a confirmar que -a partir del próximo 9 de marzo por la noche y salvo imprevistos- puede estallar abiertamente y en cualquier momento la guerra de la sucesión. Y Aguirre ha decidido apretar el acelerador y ha vuelto a avisar –a través de su vicepresidente- de que va a ir a por todas y que no está dispuesta a concederle, en la carrera sucesoria, ni un milímetro de ventaja a su rival. A su único rival con capacidad de suceder al frustrado sucesor de Aznar.

Son demasiados…
Son demasiados los que creen en el interior del PP y en los alrededores mediáticos de Génova que sólo un milagro podría modificar el rumbo electoral de Rajoy, al que ven -con enorme inquietud y desazón por parte de ellos- cada vez más a la deriva. Conste que desean, a pesar de todo, que venza la derecha y cualquier elogio por tenue que sea a José Luís Rodríguez Zapatero les provoca, como mínimo, urticaria.

Reproches in crescendoO sea, que no hablamos de gentes predispuestas a cambiar de bando y votar al PSOE. Sin embargo, las reticencias o los reproches in crescendo hacia Rajoy les empuja a algunos de ellos -de forma consciente o todavía inconsciente- a la abstención o a probar otras fórmulas como, por ejemplo, la del partido de Rosa Díez, que va en camino, por lo demás, de ser una formación más bien testimonial o fugaz, abocada paradójicamente –para desgracia de ciertos cegatos o algo necios- a restar respaldo al PP.

García Damborenea
No faltan quienes recuerdan ahora –a propósito del invento de Díez- la iniciativa de García Damborenea, otro ex socialista vasco, por cierto, que también contaba hace más de doce años con grandes simpatías de José María Aznar sin ir más lejos, quien quería presentarlo de candidato a alcalde de Zaragoza por el PP. Damborenea acabó desapareciendo -con su partidito de quita y pon- por el sumidero de su resentimiento, de su soberbia y de su traición.

Defensa sin entusiasmo
Es un clamor que Rajoy se ha convertido para numerosos votantes del PP no en una esperanza creíble, sino en un obstáculo enojoso. Lo apoyan por inercia y porque –desde su opción ideológica- es el candidato conservador que toca. No hay otro. Lo defienden de oficio, sin entusiasmo. En la intimidad -o charlando sin altavoces a la vista- lamentan que Rajoy les haya defraudado tanto. Pero ya es tarde. Tratan de obviar, no obstante, que el problema de fondo de esta derecha no es sólo y exclusivamente Rajoy.

Más de lo mismo
El problema radica en que los populares han llevado a cabo una política imposible, basada en un escenario muy alejado de la realidad y, en cambio, repleto de mentiras y de rencor. En ese sentido, Aguirre –que es la candidata para los cuatro años que vienen que parece tener más papeletas a favor-, no deja de ser más de lo mismo. Los españoles no necesitan como presidenta a una neocon populista, mitad Thatcher, mitad Evita.

E.S.


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