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Aznar, FAES y el Neconservatismo folclórico
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Aznar, FAES y el Neconservatismo folclórico

Eliades Acosta Matos
Cubadebate
18-03-2010

La maquila neoconservadora global se ha creado a imagen y semejanza de su madre nutricia, la bien engrasada maquinaria neoconservadora norteamericana. De manera abierta o encubierta, jubilosa o aún vergonzante, una turbamulta de pensadores de alquiler y de políticos relumbrones y engominados de varias partes del mundo abrazan hoy este credo de la vanguardia imperialista en las condiciones del mundo posterior al fin de la Guerra Fría. Al tañido de la campana dorada, a la vista de los verdes pastizales del dólar donde engordan desde hace tiempo ciertos patriarcas y padrinos, tránsfugas de las izquierdas y aún del tibio liberalismo norteño, nuevas hornadas de neocons se han sumado al festín del dinero que las grandes corporaciones canalizan hacia tanques pensantes y fundaciones del mismo cuño. También profesionales emigrantes ansiosos por la asimilación, jóvenes sedientos de fáciles reputaciones y retribuciones inmediatas y una tropa auxiliar bárbara, o sea, que vive más allá de las fronteras de la Nueva Roma, pero que igual le ha jurado lealtad a su bolsa, es decir, a sus ideas.
La hidra neoconservadora norteamericana se ha mostrado empecinadamente apegada a la vida después de la debacle de las elecciones de 2008 en los Estados Unidos. Todas sus mañas y trucos, todo su arsenal ha sido movilizado para recuperar el protagonismo que las fuerzas que le restaron las fuerzas que están detrás de Barack Obama. Todo vale en esta lucha a brazo partido por la transitoriamente perdida hegemonía doméstica, punto de partida para intentar la recuperación de un liderazgo mundial, también perdido.
Oleadas tras oleadas, los generales neocons lanzan contra las endebles fortalezas del partido Demócrata a populistas vocingleros del Tea Party Movement, a comentaristas radiales, incendiarios y odiadores profesionales, como Rush Limbaugh, Newt Gingricht o Sean Hannity, a chancleteras de la prensa escandalosa, como Ann Coulter y Michelle Malkin; a fulleros de las encuestas y las campañas como el inefable Karl Rove; a atildados caballeros de gabinete y academia, como Edwin J. Feulner, presidente de Heritage Foundation, con su conservatismo constitucional, y hasta a versiones 2.0 de aquel lobby de presión contra Clinton y un titubeante George W. Bush inicial, de aquel nefasto Proyecto Para un Siglo Americano, hundido en la estela del tsunami Obama. Hoy estas cabezas del leviatán neoconservador se hacen llamar Foreign Policy Initiative, creada hace un año, y más recientemente, Keep Safe America, donde la hija mayor de Dick Cheney ha plantado credenciales.
Para que este coro aullante pueda llevar a cabo la lucha política ideológica y cultural doméstica, que en muchos sentidos es la decisiva, se han repartido entre las tropas bárbaras las misiones de avanzadilla y contención regional. La hermandad neo, disciplinada por el respeto indiscutido a quien paga y a quien manda, está demostrando que es ya una entente madura, cohesionada y coherente, o lo que es lo mismo, una transnacional reaccionaria y contrarrevolucionaria de alcance global que emplea mano de obra local para producir a bajo costo las mismas mercancías ideológicas de la matriz.
Puede que los neoconservadores británicos del Center for Social Cohesion, o del Salisbury Group, fundado en 1978 bajo la influencia de un filósofo como Roger Scrouton y un historiador, como Maurice Cowling, se escandalicen por la sola sospecha de que giran en la órbita de alguien diferente a su propia sapiencia, y mucho más si se afirma que este centro gravitacional es el poderoso pero plebeyo Primo Americano. Vale la pena recordar que cuando el fuego se acerca, no hay remilgos aristocráticos que respetar: por algo en la selecta Cambridge se fundó en 2005 la “Henry Jackson Society”, en honor de aquel aglutinador de los conservadores norteamericanos que fue el senador del mismo nombre.
Puede que los neoconservadores japoneses, esos chovinistas soberbios del “Neo-Defense School”, consideren igualmente ofensiva la alusión a sus nexos con los neoconservadores estadounidenses, en tanto reivindicadores del honor perdido del imperio en la Segunda Guerra Mundial, enemigos de la menor disculpa nacional por los crímenes de guerra cometidos, y enamorados por igual de los fastos expansionistas y guerreros de sus ancestros y del Bushido samurái. Pero lo cierto es que estos políticos veteranos como Shinzo Abe, Toru Hashimoto o Shigeru Ishida se unen de buena gana a la labor de los tumultuosos “Young Lawmaker’s Group for Establisihing Security in the New Century”, creado no por gusto, en el año crucial del 2001, y vinculado al complejo militar-industrial oriental, y por extensión, norteamericano. ¿Y que es el neoconservatismo, sino una de las encarnaciones posibles de esa deidad global, dueña y señora de las guerras y las invasiones?
Puede que los neoconservadores franceses o canadienses, incluso, los remotos australianos de Peter Reith, ex Ministro de Defensa en el gobierno de Howard, hagan votos públicos de la indeclinable independencia que los caracteriza. Y es cierto: tienen tanta independencia simbólica y relativa como puede tenerla una pequeña industria local de neumáticos o timones de autos con respecto a los grandes tiburones que dominan el mercado automovilístico global, al estilo de la General Motors, recién rescatada de la ruina por un galante presidente de la esperanza y el cambio.
Pero a pesar de los pesares, y gracias a los eufemismos más o menos creativos que utilizan para dejar a salvo el honor nacional, estos miembros multinacionales de la maquila neoconservadora global no son independientes, pero lo parecen. No en vano en todas esas naciones existe una palpable línea de pensamiento conservador, una tradición anclada en su devenir histórico, en sus instituciones, respaldada por un linaje que puede exhibir, por ejemplo, a Edmund Burke, aquel clérigo inglés que, espantado ante el espectáculo de la Revolución Francesa, dio bases al conservatismo moderno. No ha habido que inventar sobre el papel lo que está en el pasado. No se ha necesitado estirar mucho la cuerda, simplemente se ha dejado fluir, con cierto donaire natural, lo que ha estado ahí de siempre y explica a Coblenza, a la Vendee de los chuanos, a la Francia de la Restauración, a Thiers y a De Gaulle, a Churchill y a Sarkozy, y al título de Baronesa otorgado a Margaret Thatcher.
Ni por asomo ocurre lo mismo con esa versión forzada y adulona del neoconservatismo ibérico que tiene en José María Aznar su mesías de “charanga y pandereta, devoto de Frascuelo y de María”, como lo hubiese caracterizado Antonio Machado. Nada que ver, nada natural, nada espontáneo, nada arraigado en raíces propias, ni en herencias ideológicas que no han podido brotar, ni arraigar, sino es apelando a la violencia, en un suelo, de por sí mismo, rebelde, popular y de izquierdas, donde los accidentes en su curso natural se llaman Fernando Séptimo y Cánovas del Castillo, Franco y el propio Aznar. Donde por cada Menéndez y Pelayo o Laín Entralgo hubo decenas de Marañones y abates Marchenas, Unamunos, y Marías Zambrano. Donde hasta un general Valeriano Weyler y Nicolau, diezmador durante la última guerra de independencia de la población civil de la isla mediante la Reconcentración genocida, se declaraba liberal y constitucionalista en la política doméstica.
Y he aquí que esta apoteosis de lo esperpéntico que es el neoconservatismo español, fruto amorfo de la ingeniería forzada del consenso y de la genuflexión ante las razones del fuerte, tiene en la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) su versión flamenca de American Enterprise Institute o Rand Corporation. De más está decir que presidida con señoril ademán, por ese mismo José María Aznar.
Hasta ahí la intención y los interese tras bambalinas, también la manera indulgente con que se sueñan a sí mismos los neocons españoles. Veamos la realidad.
Y entenderemos mejor esa ancestral queja española contra lo que se ha dado en llamar, con entera razón, como "la chapuza nacional”.
Olé, al señorito, que así se torea….
A Aznar se le conoce bien, no solo por su incondicionalidad a las guerras desatadas por George W. Bush tras el 11 de septiembre de 2001, sino por su cipayismo chocante, que ni siquiera podría justificar aquel llamado de los firmantes del Proyecto para Un Nuevo Siglo Americano. En junio de 1997, esos visionarios doctrinarios de la derecha rampante yanqui, reclamando la herencia de Ronald Reagan, definieron la condición neoconservadora como una mezcla de “claridad moral (en el discurso político) y fortaleza militar”, en la práctica de las relaciones internacionales.
En rigor, el señor Aznar no podría reclamar crédito en uno u otro sentido, a menos que tomemos por tal su balbuceante epigonismo pro imperialista, lleno de amenazas y manipulaciones antes que de razones. O ese dedito en gesto pretendidamente obsceno levantado ante un grupo de estudiantes que lo abucheaban, un gesto copiado de la misma calle que un señorito teme y odia a la vez, mostrado en una fotografía que acaba de recorrer el mundo.
También hace apenas dos meses, Aznar estuvo en Tel Aviv, representando a FAES en la clausura de una jornada del Foro Herlzyía, bajo el nombre de “Rising to the Challenge of Radical Indoctrination”, nombre que bien hubiese sido atribuido al propio Edmund Burke, desvelado para siempre con los radicalismos y las revoluciones. No hizo otra cosa que musitar en castellano la plegaria antes escrita en inglés por la misma mano neo que ha lanzado ejércitos hacia esa región: “El enemigo común es el islamofascismo” -dijo, y fue como si hubiese hablado David Frum, uno de los neo-guionistas de los discursos de Bush, el mismo que pergeñó para su amo aquéllo del “Eje del Mal”.
Nada más y nada menos que se nos aparece ahora el señorito hablando con lengua prestada el mismo lenguaje de los más furibundos neoconservadores norteamericanos, de por sí racista y pro sionista, como es por naturaleza, desde la cuna, esta corriente de pensamiento imperialista. Ni sombra de respeto hacia la poderosa herencia islámica en su propia tierra, donde los árabes se asentaron por más de ocho siglos, y donde existió el Califato de Córdoba, gracias a cuyo respeto por la ciencia y su tolerancia religiosa, pudo sobrevivir la filosofía occidental, especialmente la griega, en tiempos oscuros de intolerancia y fanatismo en la Europa medieval.
Si un partido como el Popular español se caracteriza más por lo furibundo de sus ataques irracionales contra el gobierno del PSOE y su populismo de opereta, mucho se debe a que FAES es su “laboratorio de ideas”. Esta versión torera de un tanque pensante anglosajón ha copiado de estos hasta la estructura de su página web y su maniática manipulación del dinero para aumentar autoridades intelectuales microscópicas. Tanto como en aquellos, FAES no fomenta el debate intelectual sino lo encierra en el callejón sin salida de la ofensa y la mordedura, marcado por un tono perdonavidas y chulo tan de la Falange en Salamanca o de la Legión canallesca de Millán Astray. No hay debate real en FAES sino la monótona repetición de los mantras liberales que caracterizan al neoconservatismo anglo y que se resumen en la defensa a ultranza de Dios, Patria y Familia, la guerra contra cualquier estado central y poderoso, la defensa del neoliberalismo ortodoxo ya fracasado, el fomento de una política exterior intervencionista y apegada a los dictados norteamericanos, el recorte de las libertades y los derechos ciudadanos, arrinconados por su maniática propensión a la mano dura y al restablecimiento de la Ley y el Orden, su postura obcecada y discriminatoria en materia de inmigración o delincuencia, la idealización de las grandezas del pasado imperial español y la postura, contraria a la sensibilidad dominante en España y en buena parte del mundo, de que “es confortable ser de derecha”.
FAES se constituyó en Madrid el 11 de noviembre del 2002. Fue el resultado de la fusión de varias fundaciones del PP, entre ellas la Cánovas del Castillo, la Fundación Popular Iberoamericana y el Instituto de Formación Política. Según sus propias palabras, su objetivo es… “el fortalecimiento de los valores de la libertad, la democracia y el humanismo occidental, creando y defendiendo ideas basadas en la libertad política, intelectual y económica, ideas que sean alternativas al socialismo y que se puedan transformar en acción política.” Para cerrar con broche de oro esta definición tan científicamente fundamentada, que por inevitable comparación ubica en las cumbres al marxismo al que pretende combatir, FAES nos regala la perla de considerarse como “una organización liberal conservadora”.
Pero en rigor, FAES no miente. ¿Qué es el neoconservatismo que copia sino la mezcla de un discurso engañosamente liberal a veces cercano al de la izquierda, antes vaciado de contenido, para defender políticas reaccionarias y de derecha? Lo perverso de la herencia neo, a la cual FAES pertenece es, precisamente, lo que en esta misión de FAES se trasluce: la apoteosis de la manipulación ideológica del imperialismo decadente, que intenta volver contra sus oponentes su propio discurso, carente ya de argumentos propios para justificar sus políticas y su existencia.
Por eso FAES y Aznar, en el fondo, no están interesados en un debate real y fomentan uno ficticio, alambicado. No pueden ser promotores del verdadero diálogo ni de la discusión científica quienes repiten hasta la saciedad un puñado de consignas que ofenden a la realidad que las circunda, que eluden los datos que los condena y que aburren, a fuerza de monocordes.
Las credenciales científicas de los neoconservadores folclóricos calcan también las de sus ancestros anglosajones, satélites en la órbita del complejo militar, las grandes corporaciones, las agencias de inteligencia y el sionismo pensante y actuante. En el libro, “¿Qué piensan los neocons españoles? Veinte años de análisis estratégico”, publicado en el 2007 por la editorial Ciudadela de Libros, de Madrid, un eufórico Rafael L. Bardají, seguro de estar tuteando a la Historia, describe los orígenes de los miembros iniciales del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), junto a COPE Y Libertad Digital, miembros de la familia ideológica de FAES: oficiales del ejército y la inteligencia, un Jefe de Gabinete de la Guardia Civil, actual senador del PP, un asesor de dos Ministros de Defensa, el propio Bardají.
Y para no perder las oportunidades, porque si algo caracteriza a los neoconservadores del planeta, no solo españoles, es esa extraordinaria capacidad de ventear los verdes pastizales, el propio Bardají se ocupa de declarar, como quien dobla con acento de zeta un film de John Wayne, que acusan a los neoconservadores españoles de ser pro-Bush… ” y en buena medida lo somos; de ser pro-Israel, que también lo somos, y de adoptar una postura dura en todo lo que afecta a nuestra identidad, que lo hacemos… (Y lo decimos sin complejo) porque somos mucho mejores que nuestros enemigos…”(Op. Cit, p. 19)
En la propia estridencia de estos clones del vodevil neoconservador queda en evidencia la chapuza de la clonación. Se echa de menos, para quien ha leído a Kristol, Podhoretz, Trilling o Wolhstetter, cierto calado intelectual y una como que elegante contención en la expresión. No importa que FAES haya contado en 2007, por ejemplo, en su presupuesto anual con más de 3 millones de euros, sólo contabilizados a partir de los aportes del propio Estado español, sin contar otro 40% del total, que proviene de aportaciones privadas. “Lo que natura non da, Salamanca non presta.”
Otro día hablaremos de la red clientelar que FAES ha recibido la misión de fomentar y amamantar en América Latina, especialmente después que en la región comenzaron los cambios políticos y los procesos revolucionarios transformadores que la han caracterizado en los últimos años. Esta maquila de segundo orden abarca desde México a Argentina o Chile, pasando por Cuba y Venezuela. En ella se ha ocupado a un enjambre de clones criollos, de tercera generación, copiados de aquellos clones folclóricos de la Madre Patria.
Y luego hay quien critica a la globalización por su impacto sobre los empleos nacionales, cuando se instala en un país latinoamericano una maquila foránea.
Malagradecidos que son algunos.
Fuente:http://www.cubadebate.cu/opinion/2010/03/16/aznar-faes-neconservatismo-folclorico/


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