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Aznar llamaba perros a quienes esta...
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21/02/2010
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  • ENRIC SOPENA

    21/02/2010



Cabos Sueltos
Aznar llamaba perros a quienes estábamos contra la guerra de Irak
No aprobamos algunos de los improperios que los jóvenes ovetenses lanzaron el otro día, en la Universidad de Oviedo, contra el ex presidente del Gobierno José María Aznar López. Pero no debemos en absoluto medir con el mismo rasero a un grupo de estudiantes radicalizados y a quien, durante ocho años, ha sido el jefe del Ejecutivo. Su soez respuesta –más propio de un chulo de playa que de un ex altísimo mandatario del Estado español- retrata con exactitud al personaje cuya tosquedad y prepotencia son, por otra parte, suficientemente conocidas.

No fue la penosa reacción de Aznar una anécdota aislada, sino un gesto de grosería y de supina arrogancia, lo que resulta habitual en el ex líder del PP. Exhibió sus características autoritarias -de forma fácilmente visible- cuando le tocó ser el candidato de la derecha a la Moncloa, cuando llegó a presidente del Gobierno y cuando tuvo que abandonar su protagonismo, saliendo por la puerta falsa, tras diversas y graves tropelías. Él se cree poco menos que el rey del mambo. Más bien es, sin embargo, una especie de “dictador reprimido, que no ha salido del armario”, como lo describimos hace unas semanas, tras otro episodio de monumental osadía.

Situación prebélica
¿Cómo comparar sus insultos a la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país, en plena situación prebélica, oteándose en el horizonte la invasión militar de Irak, con los excesos verbales de unos cuantos jóvenes agitadores? Acudía entonces a los platós televisivos para predicar las bondades de la guerra y, mirando a la cámara fijamente, mentía después de decir a los espectadores que le creyeran porque iba a decir la verdad. Su verdad –o sea, su embuste- era que Sadam Hussein disponía, en efecto, de un enorme arsenal de armas de destrucción masiva que podían acabar en pocas horas con media humanidad más o menos.

El jovencito falangista
Y, dicho esto, Aznar arremetía en la televisión contra quienes –millones y millones de españoles- estábamos en contra de esa guerra y habíamos salido a la calle gritando “no a la guerra.” Nos insultaba –nos llamaba perros- con esta asquerosa frasecita en torno a “los progres trasnochados que ladran su rencor por las esquinas”. No era un jovencito el que lo decía [cuando él era jovencito se proclamaba públicamente partidario de la Falange Auténtica], sino que era el presidente español. El mismo, que meses antes de sus hazañas bélicas, se fotografió con puro, copa y pies encima de la mesa en el rancho de George W. Bush.

Los cimientos de la Transición
Alardea de ser un derechista sin complejos, que carece además de escrúpulos. El pasado jueves, 18 de febrero, en el Aula Magna de la facultad de Económicas de la Universidad de Oviedo llamó “a no poner en cuestión los cimientos de la Transición democrática española”, acusando implícitamente a Zapatero de haber dinamitado tales cimientos. Esos cimientos se basaron en el consenso entre los dos grandes partidos y el casi todo el resto de las demás formaciones políticas.

No al consenso
Pues bien, este Aznar barriobajero publicó el 18 de febrero de 1979, hace 31 años, en el diario La Nueva Rioja, un ataque frontal al espíritu de la Transición que ahora tanto asegura admirar. “El consenso –sostenía Aznar sin complejos y sin escrúpulos- ha provocado un efecto fulminante cual es el de la desconfianza de una enorme masa de españoles en el buen funcionamiento del sistema democrático”.

Sin autoridad moral o ética
Aznar carece de autoridad moral o ética para dar lecciones de democracia. Llegó como llegó a la Moncloa y su fue como se fue. Pero lo peor de Aznar no es él. Lo peor es que su influencia sigue siendo decisiva en el PP. De modo que no se vislumbra la posibilidad de que aflore la derecha civilizada. No olvidemos en todo caso que el viaje popular al centro –con el que Aznar enredó a muchos ingenuos- nunca se llevó a cabo. Los genoveses siguen, eso sí, viajando por el túnel del tiempo y no ocultan su nostalgia por el franquismo.


Enric Sopena es director de El Plural


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