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"dejaz que los niños se acerquen a mi"
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“Dejad que los niños se acerquen a mi”

-Marta Sánchez/ Periodista-DIARIO DIRECTO.COM

Los pastores, sacerdotes y religiosos que han abusado de menores han impedido este deseo de Cristo. Debían hacerle presente y visible con sus vidas, y han sido un engaño y una estafa, ahogando en un océano de desconcierto los buenos deseos y la confianza de quienes padecieron sus atrocidades. Quizás esto sea lo más doloroso y aberrante de los espeluznantes casos descubiertos en Irlanda, Alemania o Estados Unidos. La palabra traición es la que mejor define su comportamiento, y la repugnancia es el sentimiento natural que brota en cualquier ser humano bien constituido ante lo sucedido; sobra decir que también entre los católicos, que asisten atónitos a tamaño espectáculo.

No se trata ya de sacerdotes ‘subprime’, muy por debajo de lo óptimo, quienes por falta de interioridad aparcan su llamada a la santidad y sucumben a las debilidades de la carne. Nadie se sorprende ya por la existencia de estos sacerdotes, que al igual que ocurrió con las hipotecas del mismo nombre, provocan que la vida de la Iglesia se apoye a veces sobre pilares ficticios.

Es evidente, pero hay que recordarlo de nuevo, que estos curas ‘subprime’ siempre han convivido con otros -la inmensa mayoría- de santidad y entrega admirables, a quienes el celibato no sólo no ha estorbado lo más mínimo, sino que ha impulsado hacia mayores cotas de santidad y servicio. Estos sacerdotes, sin embargo, nunca serán noticia.

Los sacerdotes y religiosos que han cometido abusos padecen un cáncer que en los últimos años ha necrosado células de importancia capital en toda la sociedad. La plaga de los abusos sexuales se ha extendido como una negra mancha en muchos estamentos de un mundo erotizado, donde se predica la irresponsabilidad sexual y se anima abiertamente a la promiscuidad. Desde directores de cine como Roman Polanski o estrellas del pop como Michael Jackson hasta magos como David Copperfield, son numerosas las personalidades que han sido relacionados con graves escándalos en este sentido. El abuso ha sido padecido por cantantes como Britney Spears o Madonna, por escritoras como Virginia Wolf o diseñadores como Roberto Piazza. Ha infectado todas las capas sociales. Lo cometen abuelos con sus nietos y padres con sus hijas. Profesores de gimnasia y policías nacionales.

Lamentablemente el tumor ha hecho metástasis en uno de los pulmones de la sociedad: la Iglesia. El horror y la consternación son manifiestos en la jerarquía y entre los fieles, tras las denuncias contra sacerdotes y religiosos. Aunque se trata de minimizar lo ocurrido recordando que son menores los abusos de sacerdotes que los cometidos por otros colectivos, no caben excusas.

La reacción suscitada en el seno de la propia Iglesia arroja luz sobre lo que para un sacerdote representa un comportamiento como éste: una tremenda aberración, un abyecto delito a los ojos de los hombres, y un repugnante crimen a los ojos de Dios, como dejó claro el mismo Jesucristo: “A quien escandalizare a uno de estos pequeños -dice Jesús en el Evangelio- más le valiera que le ataran al cuello una piedra de molino y lo echaran al mar”.

No hay excusas para quienes incurren en estos comportamientos. Sólo cabe aislar y extirpar estos elementos cancerígenos, ponerse del lado de las víctimas tratando de que cicatricen sus heridas, y renovar y purificar el aire que se ha contaminado dentro de la propia Iglesia, llamada a sembrar la paz en la vida de los hombres, y cuyos miembros tienen el encargo de Cristo de conducirse como hijos de la luz.

Es preciso también abrir una reflexión sobre las causas que han provocado el contagio. Y no sería acertado caer en el simplismo facilón de colgar al celibato la carga de estas culpas.

Célibes eran las vestales que guardaban el templo de Vesta, junto al foro romano, y célibes eran los anacoretas hindúes. Célibes han sido egregios filósofos y pensadores, y personajes entregados a su arte o a su ciencia. Y célibes por amor a Dios han sido millones de cristianos a lo largo de los 2.010 años de historia de la Iglesia Católica. Personas generosas, sacrificadas, entregadas a los demás, que suscitaban en quienes los trataban reacciones de admiración. Quedan aún vestigios en las catacumbas que acreditan la devoción que los primeros cristianos profesaban hacia los mártires sacrificados en el circo romano, pero estos mismos hallazgos muestran que era aún superior su veneración hacia aquellos que se habían conservado célibes durante toda su vida. No se han encontrado, en cambio, indicios de que estas personas se dedicaran a la violación de niños.

Veinte siglos después, la escasa selección en los seminarios, la sequía de vocaciones, y el hecho de que en algunos países durante décadas el estado religioso fuera sinónimo de prebendas y privilegios, han llevado a las orillas del sacerdocio a personas que no estaban llamadas por ese camino, y que carecían incluso de la mínima solidez psíquica y humana para recorrerlo. “Si tu ojo te escandaliza, arráncatelo”. Bien pudieran servir estas palabras de Cristo como orientación sobre el modo de terminar con la gangrena que asola una parte del Pueblo de Dios.

En medio de la tormenta, Benedicto XVI, un octogenario sacerdote, ha tomado la palabra. Ha viajado para escuchar y consolar a las víctimas, ha reconocido la corrupción existente y ha abierto un periodo de reflexión y de oración y penitencia en el seno de la Iglesia declarando un año sacerdotal y proponiendo ejemplos y referentes.

En una reciente carta a los católicos de Irlanda, el Papa ha lanzado un grito desgarrado de dolor por lo ocurrido, ha pedido penitencia, ha abroncado a los abusadores y a quienes les han amparado, y ha instado a que se extreme el celo en la selección de los candidatos al sacerdocio, y la «formación humana, moral, intelectual y espiritual en los seminarios y noviciados».

Renovar los tejidos dañados de la Iglesia supone, en suma, una labor a largo plazo para formar sacerdotes con vocación de santidad, que beban y vivan del Evangelio, que vuelvan a ser sal y luz para los hombres, y que borren con sus vidas la señal viscosa y sucia de la corrupción, ofreciendo a los demás ese “agua viva” que termine con el líquido insulso de los sacerdotes ‘subprime’.


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