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desamor politico en tiempo de crisis
#1

Desamor político en tiempos de crisisREVISTA TIEMPO 24-2-10
El día en que Zapatero y Rajoy no iban a pactar pregonaron otra vez su desamor político y sólo pensaban en las elecciones de 2012. Los dos creen que pueden ganarlas y que no necesitan acuerdos.




19/02/10
ROSA MONTERO, treinta años después, ha vuelto a permitir la reedición de Crónica del desamor. Aparecida en 1979, para toda una generación fue la novela de la Transición. Los Pactos de la Moncloa -Suárez, González y también Carrillo- todavía estaban vigentes. También el perdón y la reconciliación que hicieron posible el milagro de la nueva democracia española. El país estuvo varias veces al borde del precipicio, también del económico, pero salió airoso. Tres decenios más tarde, todo es muy diferente. La estabilidad democrática y el gran salto adelante en el bienestar están consolidados. La economía, sin embargo, se acerca demasiado al abismo y enciende las alarmas sobre la prosperidad futura. Además, el presidente Zapatero y el líder de la oposición, Rajoy, viven su larguísima y particular historia de desamor. Ninguno de los dos tiene muy buena opinión del otro y, sobre todo, la confianza mutua es inexistente. La crónica de reproches pública, y sobre todo privada, es interminable. La sociedad, a través de las encuestas de opinión, reclama un gran acuerdo contra la crisis económica en el que ellos no creen. Tampoco les conviene. La presión popular les obliga, a pesar de todo, a escenificar propuestas de acuerdos -casi siempre imposibles para el otro- para justificarse y, a ser posible, culpar al adversario del fracaso del intento.

José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy trabajan, en primer lugar, para ganar las próximas elecciones y un gran pacto contra la crisis no está en sus planes. Por eso, las sugerencias reales de las semanas pasadas no fueron acogidas con entusiasmo, ni en La Moncloa -quedó claro que la vicepresidenta De la Vega no parecía partidaria- ni tampoco en la sede del PP, en donde el equipo de Rajoy entendía que beneficiaba a los socialistas. El líder del PP está convencido de su victoria en las próximas elecciones, aunque no haya adelanto electoral y se celebren en 2012. Su gran baza es la creencia de que los españoles, al margen de otras preferencias, valoraron y valoran las capacidades del PP para gestionar la economía. Los estrategas populares piensan que, ante una crisis como la actual, pueden arrastrar el voto de muchos que, sin ser simpatizantes del PP, estarían dispuestos a darle una oportunidad para que todo se enderece. Un pacto con el Gobierno, salvo con sus condiciones, no está en el calendario.

Zapatero, optimista antropológico, está preocupado, pero todavía es uno de los más entusiastas entre los suyos. Sabe que no es fácil, pero también confía en otra victoria en las urnas. La distancia en las encuestas, quizá en el momento más duro de la crisis, no es demasiado grande, apenas tres o cuatro puntos. El presidente cree que un repunte económico en 2011, por pequeño que sea, puede ser su gran baza. Si, además, una mayoría cree que no ha habido pacto porque Rajoy y el PP se han negado, cualquier brote verde sería un éxito sólo suyo. Estaba y está obligado a proponer, aunque sea con la boca pequeña, un pacto, pero tampoco lo desea, a menos que el PP acepte todas sus condiciones.

Zapatero y Rajoy, en medio de su desamor, cortejan al mismo tiempo, cada uno por su lado, a los convergentes de Artur Mas y Josep Antoni Duran i Lleida. Es la historia interminable. Los líderes de CiU, como siempre, lo tienen bastante claro. Lo suyo es dejarse querer, mientras recuperan el poder en la Generalitat. Hasta entonces -y también después, si vuelven al poder- amagarán con todos. Los líos internos de los socialistas catalanes son otro elemento de distorsión, que también alcanza a Zapatero, y que Rajoy contempla más o menos satisfecho. El honorable Montilla ha conseguido sofocar, por ahora, el incendio provocado por sus consejeros Antoni Castells y Ernest Maragall, el hermano de Pasqual, el anterior presidente de la Generalitat. Montilla venderá muy cara su piel, pero sólo una victoria que permita la reedición del Tripartito le garantiza su futuro político. El ahora previsible -según la demoscopia, que también se equivoca- triunfo de Mas con algo de margen, pondría encima de la mesa la sociovergencia, es decir, el pacto de CiU con los socialistas catalanes del PSC. El precio, es obvio, sería Montilla. Zapatero, claro, lo aceptaría encantado a cambio del apoyo en el Congreso de los Diputados de los convergentes. Pasado un tiempo, los socialistas catalanes tampoco llorarían mucho a Montilla y buscarían otro líder.

Mariano Rajoy, decidido a superar la asignatura catalana -uno de sus grandes agujeros negros electorales- como sea, sabe que quizá sea pronto para que Mas y Duran pudieran presentar a su clientela un pacto con el PP. Para los convergentes serían más cómodos los socialistas, pero la crisis económica -si no remite- puede cambiar muchas cosas. Los planes para la recuperación de CiU coinciden mucho más con los del PP que con los del PSOE de Zapatero. Los sacrificios y los ajustes son inevitables, aunque no quiera aceptarlo el inquilino de La Moncloa. El premio Nobel Krugman, uno de sus economistas de cabecera hasta hace poco, repite con insistencia la teoría de que, entre otras cosas, deben bajar los precios y los salarios. También hay que recuperar “la productividad perdida en el empleo público”, como se atreve a decir Francisco Longo, director del Instituto de Gobernanza y Dirección Pública del Estado. Para Rajoy es innegociable la retirada de la subida de impuestos al ahorro. La ministra Salgado, por si acaso, guarda en la recámara otra vuelta de tuerca impositiva. Zapatero intenta que sea Rajoy el que parezca aislado e insolidario. En resumen, desamor político y crónica de un gran fracaso anunciado.
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