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El estado nuevo santiago carrillo
#1

El Estado nuevo
Santiago Carrillo


Creo que uno de los problemas que hay en la izquierda, en general, es que estamos metidos en una tarea y sin embargo no nos preocupamos de tener una visión general, una comprensión general del contenido, del carácter, de la amplitud de esa tarea y muchas veces nos perdemos en detalles y hasta nos angustiamos innecesariamente, precisamente porque carecemos de una visión general de lo que estamos haciendo nosotros mismos. A veces, pasa también que los hombres, las mujeres, se lanzan a una tarea sin tener muy claro qué es lo que quieren obtener y creo que eso nos pasaba un poco en el momento de la transición, cuando estábamos desmontando el régimen anterior, comenzando a desmontarlo, y construyendo el nuevo o, por lo menos, empezando a construirlo, elaborando la Constitución, sentando las bases en que se apoyará el desarrollo político futuro.
Y cuando en los años 76, 77 y 78 empezamos a enfrentarnos con esta tarea, creo que todos teníamos clara una cosa: había que terminar con aquella dictadura insoportable, que durante 40 años habría destruido generaciones enteras de españoles, había rebajado el nivel de cultura y la influencia de nuestro país en el mundo, había cerrado la boca a los españoles, había destruido las libertades y destruido, en gran parte, el país, y había que remplazar eso por un sistema democrático, un sistema cuya clave, cuyo motor, fuese el principio de la soberanía popular, es decir, el principio de que quien tiene derecho a mandar en este país es el pueblo, son los ciudadanos, sois vosotros y no ningún salvador que viene a resolver todos los problemas.
Sabíamos que eso era una verdad fundamental sobre la que se construye, con dificultades, que no son del momento, la transición. Ahora, ¿cómo hacer eso?, ¿de qué manera construir y qué construir?, eso tampoco estaba demasiado claro, incluso para aquellos de nosotros que, en aquel momento, jugábamos un papel fundamental. Que hacía falta un nuevo Estado, de soberanía popular, era lo que sabíamos. Pero lo que no sabíamos es exactamente cómo íbamos a construirlo. Puedo explicar lo que era mi opinión y la opinión del Partido Comunista y del Partido Socialista en aquel momento, por ejemplo, en el tema de las naciones y regionalidades. Creo que ninguno de los dirigentes de la izquierda teníamos claro que hubiera que ir más allá de la autonomía de Euskadi, Catalunya y Galicia como nacionalidades históricas.
La idea de las autonomías apareció, en aquel momento, no tanto como una iniciativa de la izquierda, sino de los reformistas del franquismo, que colaboraban con la izquierda en la transición. Ellos pensaban que conceder un estatuto de autonomía solamente a Catalunya, Euskadi y Galicia podía provocar una guerra civil, porque ante cualquier medida especial, particular, para esas nacionalidades, la derecha española (entonces tenía, controlaba el ejército prácticamente) trataría de impedirlo de cualquier modo y por cualquier procedimiento; no aceptaría que se diera lo que parecía entonces un privilegio: la autonomía a esos tres territorios del Estado español.

Café para todos
Y del campo reformista del franquismo de Suárez, salió la idea de darle autonomía a todas las regiones, de crear un sistema autonómico. Creo que, en la mente de los que aportaron esta iniciativa, no estaba tanto el ir a un Estado realmente autonómico, sino cómo sujetar a todas las regiones con una solución que entonces se llamó "café para todos". Vamos a dar café a todos, pero el café que les vamos a dar es poco, y con pocas competencias vamos a cubrir el expediente.
Sin embargo la vida ha demostrado que la idea de un régimen de autonomías, algo muy parecido a lo que podría ser un sistema federal, era una idea tremendamente progresista y productiva, porque enseguida comprobamos, en pocos años de funcionamiento de las autonomías, que el desarrollo considerable que España ha tenido desde la transición, en grandísima parte, se debe al modelo de Estado de las autonomías. Y en la Constitución del 78, hay ya la clave del desarrollo de este tipo de Estado, pero nada más que la clave.
La clave, ¿en qué sentido lo digo? En el sentido de reconocer que hay en España no sólo regiones territoriales, sino territorios que tienen características nacionales propias, que hay que respetar. Y ese reconocimiento de que hay regiones y nacionalidades, que es lo que nos lleva a definir que España es un país plural, algo que el Presidente Rodríguez Zapatero dice frecuentemente.
Ese reconocimiento ha sido decisivo, porque ha permitido que se dibuje un tipo de Estado con nuevas estructuras, de nuevas características, distinto al Estado que España ha sufrido, diría, durante muchísimos años y siglos: un Estado centralista en el que la fuerza y la autoridad ejercidas desde Madrid sobre todos los pueblos que lo componían, eran las que mantenían, pero por la fuerza, la unidad, mientras que ahora, con dificultades, con problemas, lo que estamos construyendo es un Estado en que la unidad ya no se impone desde Madrid con medidas judiciales, policiales o militares. La unidad la vamos aceptando voluntariamente las regiones, las comunidades que componen el país y el Estado español. Ya no es exclusivamente el Gobierno de Madrid, aunque todavía hay gentes que deberían comprender que se equivocan, que cuando hablan del Estado hablan del Gobierno de Madrid y cuando hablan de las autonomías, hablan como si eso no fuese el Estado. Y lo característicos de este Estado, es que las autonomías son el Estado, y el Gobierno de Madrid es una parte del Estado, que coordina todas esas autonomías. Pero el Estado ya no es un centro imperativo, dictatorial, como lo ha sido casi siempre a lo largo de la historia en España, el Estado ya está aquí, está aquí en Canarias y el Estado está no solamente en Madrid, está en Barcelona, está en Galicia, está en Andalucía, está en Valencia. El Estado es hoy más fuerte, más sólido, precisamente porque todos somos Estado, porque todas las comunidades territoriales son Estado, aunque a algunos no les guste y repitan estupendamente aquello de que España se rompe.
Y hoy, si surgiera un dictador en Madrid, probablemente enfrente de él aparecería alguien, alguna comunidad, que levantara la bandera de la libertad. Es decir, hoy no se puede acabar con la democracia con un intento de golpe en Madrid. No habría que derribar sólo un Gobierno, habría que derribar a 17 Gobiernos. El Estado es mucho más fuerte, lo que pasa, es que la reacción, la derecha nacionalista españolista, la derecha que ha controlado toda la vida este país, que ha explotado toda la vida este país, que provocó una guerra civil para impedir la democracia en este país, esa derecha, esa, sí, ahora empieza a ser más débil de lo que ha sido en toda la historia. El Estado nuevo empieza a ser nuevo por esas formas que tiene, que va teniendo, que va asumiendo el nuevo Estado democrático español.
Y claro, un estado nuevo no se hace, no termina de hacerse ni en dos días ni en dos años, ni en veinte años. Cambiar el tipo de Estado en un país que ha sido durante siglos centralista, en el que incluso en la izquierda hay posiciones de ese tipo, centralistas, en nombre de un jacobinismo que no viene muy a cuento, en un país así, la construcción definitiva de ese Estado va a llevarnos todavía algún tiempo. ¿Por qué? Porque cuando hacíamos la Constitución todavía no sabíamos cuántas y qué comunidades podía y debía haber en España. Eso se fue concretando, y por eso en la Constitución no se dice que España está compuesta de tantas comunidades que son fulano, mengano. No se dice eso. Es evidente que un día, cuando haya tiempo, habrá que poner eso en la Constitución.
Pero no es solamente eso, es que en el funcionamiento de los órganos de dirección democrática del país, faltan también mecanismos, aparatos, instituciones que correspondan, no al tipo de Estado centralista, sino al tipo de Estado de las autonomías. Por ejemplo, lo que está siendo una auténtica necesidad, es que haya un Senado en este país, que trate los problemas de los territorios, que discuta los problemas de los territorios, y que ayude así al conjunto de los ciudadanos a comprender mejor el cambio que se ha producido en el Estado. Porque muchos problemas que hay hoy en las relaciones entre comunidades, incluso diferencias -el problema del agua es uno de ellos- se abordarían, se estudiarían, se resolverían tranquila y pedagógicamente, hasta cierto punto, en una Cámara territorial, que es lo que debería y deberá ser en definitiva el Senado. Parece ser ya que el gobierno de Rodríguez Zapatero tiene el propósito de tratar de conseguir ese complemento que todavía falta al Estado de las autonomías, a la estructura constitucional del país.

Un Estado aconfesional
Pero no sólo por eso podemos hablar de un Estado nuevo. Hay otro aspecto muy importante del Estado actual, que es una novedad absoluta en relación con toda la historia de España, salvo el breve período de la Segunda República, y es que este Estado de autonomías, además, es un Estado aconfesional; que quiere decir que no es un Estado de una religión, dirigido por una religión, controlado por una religión, sea la que sea, sino un Estado laico, porque el hecho de que sea aconfesional quiere decir que es laico, un Estado laico, que se rige por principios y valores democráticos y morales que son propios de toda la población y en el cual pueden actuar y actúan con libertad las religiones, empezando por la religión católica, pero todas las demás también, porque hay una de las libertades que existen, que es la libertad religiosa. Y hay una gran diferencia -quizá no nos damos cuenta exactamente- entre vivir en un Estado confesional, en un Estado católico, y vivir en un Estado en el que se puede ser católico y respetado, obrar con toda la libertad, pero también se puede ser de otro tipo de religiones también con libertad, y se puede, pues, no ser religioso, que es, por ejemplo, lo que me pasa a mí, que, teniendo un gran respeto, un respeto absoluto por los que creen, que tienen derecho a que se respete su fe; teniendo ese respeto, pienso, he pensado siempre y nunca he creído que haya una personalidad que ha creado a los hombres, a las bestias, a lo que hay en la tierra, siempre he pensado que las religiones -y ha habido muchas y hay muchas, hay religiones monoteístas y no monoteístas-, todas las religiones las han hecho los hombres cuando no podían explicarse fenómenos de la naturaleza, que intervenían a veces catastróficamente en su vida; las han hecho los hombres también, a partir de un momento determinado, para tener a los trabajadores: resignados a la explotación, porque si os resignáis a la explotación, tendréis el reino de los cielos.
Esa convicción he tenido siempre; y hay sin duda en este país una jerarquía de la Iglesia que está en una línea semejante a la línea que tenía la Iglesia bajo el franquismo, que repite también eso de que España se rompe, con el Partido Popular, una jerarquía que declara que España será católica, o no será. Es decir, una jerarquía muy belicosa, que no se resigna a actuar, por ejemplo, como las jerarquías de la Iglesia católica en los países de nuestro entorno, en Francia, en Alemania, en el norte de Europa, donde hay sistemas laicos y la Iglesia convive pacíficamente con esos sistemas sin que haya ningún problema. Bueno eso es lo que ya, con un Estado formalmente aconfesional, tenemos que llegar a conseguir en España. Es decir a convivir, creyentes y no creyentes, y a trabajar juntos incluso, creyentes y no creyentes, porque aunque los creyentes tengan el refugio futuro de un mundo en el que van a ser felices e iguales, lo que a los creyentes y a los increyentes nos interesa, es tratar de que este mundo en la tierra, donde vivimos, se parezca lo más posible no a un valle de lágrimas, sino al paraíso terrenal.

El Estado de bienestar
Y un nuevo Estado, o un Estado nuevo, porque en España a partir del momento de la transición, comenzó a construirse lo que conocemos como el Estado de bienestar, todavía necesitado de nuevos desarrollos, pero un Estado en el que la sanidad, la educación, la asistencia en caso de paro, la jubilación (aunque todavía tenemos que avanzar mucho en esos terrenos y mejorar mucho las aportaciones de ese Estado), por primera vez en la historia de España son cosas que estamos comenzando a disfrutar. Pero las cosas pasan tan deprisa, vienen tan deprisa, que a veces nos olvidamos que la vida en este país, hace 30 años nada más, no más, no era como es ahora. Uno lee en la prensa que el puente del primero de mayo 15 millones de carruajes se ponen en marcha en España llevando de descanso a familias. Bueno, eso hace 30 años era inimaginable, que una cantidad tan grande de ciudadanos de este país pudiera descansar en verano y a veces parte del invierno, y en los puentes, y cruzar las carreteras, repito hace 30 años era algo que no pasaba. Quizá comenzaba a haber algo de eso, pero comenzaba muy escasamente.
La vida ha cambiado y, sin duda, ha mejorado muchísimo, y la izquierda tiene que trabajar para que esos resultados no retrocedan, para que no haya involuciones políticas que nos hagan perder conquistas alcanzadas y, sobre todo, también para que los nuevos derechos conseguidos sean cada vez más sólidos, más eficaces y contribuyan de verdad a mejorar la vida de la gente, del pueblo, de la gente normal, de la gente que no tiene millones en el banco, que vive de su trabajo, intelectual o manual, agrario o industrial, pero de su trabajo, de su esfuerzo y es claro que la lucha por eso, incluso con todos los cambios que ha habido, sigue siendo algo imperativo. Tenemos que seguir luchando para que ese nuevo bienestar alcanzado sea cada vez más alto y más sólido y que seamos cada vez más iguales en cuanto a la distribución de la riqueza.

La igualdad mujer-hombre
Subrayaría todavía otro aspecto que nos permite hablar de un Estado nuevo, de un Estado totalmente nuevo, que es el reconocimiento, y el reconocimiento activo, de la igualdad entre hombres y mujeres. En estos 30 años, aunque todavía queda mucho por hacer, hemos dado un salto colosal en cuanto a la igualdad de hombres y mujeres.
Y lo que quizá haya llegado más al alma de la gente, porque es el símbolo de la voluntad de paz, de la voluntad de acabar con las guerras, de la voluntad de acabar con el despilfarro de los miles y miles de millones que están gastándose en guerras y que podrían haber acabado ya con el hambre en el mundo y que sin embargo están allí, la voluntad del gobierno actual de España de ocupar un lugar en la lucha por un mundo pacífico, es que nuestro ejército hoy, a la cabeza, tenga una mujer joven y para completar esas figuras simbólicas, una mujer joven que lleva dentro de su vientre una vida nueva, que es una forma también de decir al mundo, que ha llegado la hora de que los ejército rompan las armas, partan los sables, y ayuden a construir también un mundo en paz.

De la emigración a la inmigración
Y para ir terminando, fijaos lo que ha cambiado España. Hace 31 o 32 años, en Europa, había un millón de inmigrantes españoles, que habían salido de nuestra tierra para buscar pan, trabajo digno y libertad. Y en América había también miles y miles de españoles que habían ido a buscar lo mismo.
Y los canarios sabéis que las pateras no las han inventado los subsaharianos: las inventasteis vosotros cuando ibais a Venezuela en busca del trabajo y de la libertad que no había en España. Y hoy, en un periodo de tiempo brevísimo, históricamente hablando, España se ha convertido, de un país en que la gente se marchaba para poder vivir en un país donde los oprimidos de otros países de la tierra, los que no encuentran pan, un trabajo digno y libertad en su tierra, vienen aquí ya por millones, buscando eso, buscando libertad, vida digna, trabajo; buscando, porque aquí. en lo que llamamos Occidente, el sistema capitalista ha concentrado toda la miel y toda la riqueza de la tierra, privando de ella a una gran parte de la Humanidad. Y es natural que lo mismo que salíamos nosotros a otros países en busca de esa parte de la miel de la tierra, vengan aquí, ahora, y a los países de occidente, masas de hombres y mujeres que no pueden vivir materialmente en su tierra, que tienen que irse, legal y hasta ilegalmente, porque eso de la legalidad o la ilegalidad, en unos momentos de máxima, de extrema miseria y dificultad, termina perdiendo también su importancia.
Ese cambio creo que es una de las cosas más extraordinarias que han pasado en España y al hablar del Estado nuevo, lo único que pretendo, es ayudar a tener una concepción más general, más clara, de lo que hemos estado haciendo cada cual en su terreno, en estos 30 años, para cambiar la naturaleza del régimen que existía, para abrir la vía a una vida mejor, más libre, que nos lleve también a contribuir más eficazmente por un mundo más libre y, que nos lleve también, a tener una actitud noble y generosa hacia esos que hacen hoy lo que hicimos ayer, que vienen en busca de vida. Ayudémosles todo lo que podamos, tratémosles con generosidad, como nosotros hubiésemos deseado que nos trataran cuando trabajábamos en Francia, en Alemania, en Suiza, en Inglaterra y en otros países, y sobre todo, pienso, tenemos una deuda, Occidente tiene una deuda, el sistema capitalista tiene una deuda con esos pueblos, con esos hombres, y la paz mundial no se va a lograr declarando la guerra al terrorismo mundial, como ha dicho el señor Bush. La paz mundial se va a consolidar el día que los países de Occidente, con partidos que defiendan ideas socialistas en el gobierno, lleven a esos países lo que los inmigrantes vienen a buscar hoy individualmente. Hay que llevárselo allí en vez de derrocharlo en armas y en guerras, en destrucción masiva de pueblos y países. Y, ese día, habremos avanzado hacia la paz mundial mucho más de lo que hemos avanzado -diría retrocedido- en este período, con la política de gentes como el Presidente Bush y algunos partidos.



Santiago Carrillo.
Periodista y político.
Conferencia pronunciada el viernes, 9 de mayo de 2008, durante el acto en que el PSC-PSOE de Guía de Isora (Islas Canarias) entregó el quinto galardón Isora Solidaria a Santiago Carrillo por "su larga trayectoria en defensa de las libertades y la democracia".


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