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El milagro del dinero de chavez
#1

El milagro del dinero de Chavez / Fco. Rossel. EL MUNDO
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15/11/2009
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Después de 23 años cobrando haberes de ministro o asimilables y 32 añadas percibiendo emolumentos como diputado entre 1977 y 2009, el patrimonio acumulado por Manuel Chaves, a sus 64 años, es de 68.964,29 euros (una cifra en la que, aun contemplando al personaje en la más absoluta ruina, no cabe siquiera el más modesto valor catastral del más humilde albergue), según revela la declaración de bienes publicada a mediados del pasado mes de octubre en el Boletín Oficial del Estado (BOE). Que baje Hacienda y lo vea, porque no hay Dios que se lo crea, salvo aquellos obligados a comulgar con ruedas de molino y hacerse tontos de conveniencia para luego pasar por listos. ¿Qué puede pensar el contribuyente abrumado de impuestos e hipotecas? ¿Y qué dirá el padre de familia que, tras toda una larga vida de trabajo, se vea superado en austeridad por quien ha disfrutado durante decenios de ese sueldo privilegiado? Ya decía Quevedo que «nada creeré menos que lo que viere».


Ante tamaño ejercicio de hipocresía, una plausible medida de transparencia política se había transformado ipso facto en una notoria mascarada de la que participó, salvada sea la parte, todo el Gobierno. No obstante, ninguno de los miembros del Gabinete de Zapatero alcanzó el nivel de impostura de Chaves, tratando de presentarse como el más austero entre los austeros hasta el punto estrafalario de que, a medida que aumentan sus emolumentos y las prebendas derivadas de sus funciones, aminora su patrimonio encogiendo como un globo que se desinflara al abombarlo.


Con tal de negar la realidad, el vicepresidente último, casado con Antonia Iborra -licenciada en Químicas pero que nunca ha ejercido- y con dos hijos -Iván (tras trabajar en la empresa sevillana Persán, es accionista de varias sociedades dedicadas a la intermediación y al comercio exterior), cuya mujer, Rocío Cabet, está empleada a su vez en la empresa pública andaluza dedicada al comercio exterior Extenda, y Paula (contratada primero por una filial de Abengoa y luego por la minera MATSA, viéndose envueltas ambas sociedades en sendos escándalos políticos)- parecía dispuesto a desafiar las leyes de la ciencia aritmética. El resultado de multiplicar sus haberes como gobernante (primero como responsable de la cartera de Trabajo, cuatro años, luego como presidente de la Junta, 19, y ahora como vicepresidente del Gobierno de la Nación: media anualidad) y diputado -bien nacional, bien autonómico-por el número de años que lleva siéndolo dispararía exponencialmente esos ingresos por encima de lo declarado. Pero, fuere cual sea el resultado final de la operación matemática, son euros de buena ley que no habría por qué ocultar porque disponer de dinero honradamente ganado no debiera ser causa de oprobio, sino de orgullo. De ahí que sus reiterados intentos -tanto en su etapa de presidente de la Junta como ahora de vicepresidente del Gobierno- de enmascararlos sólo hizo que levantar sospechas y suspicacias sobre cuáles son los tejemanejes que se traía.


La excusa de que se lo había gastado en la educación de sus hijos, sin adentrarse en el acto de fariseísmo y de impudicia que supone poner a sus vástagos a cubierto de los males de la enseñanza que él había desatado como presidente de la Junta, no se sostenía por parte alguna. Hay quienes argumentaban que lo menguado del patrimonio que declaraba sería expresión del gobernante manirroto incapaz de haber sacado a Andalucía de los lugares de cola del desarrollo, dilapidando mucho del dinero proveniente de la Unión Europea y del resto de España, pero eso tampoco era cierto como lo sabe cualquiera que conozca la personalidad ahorrativa de Chaves y lo bien mirado que es para todo lo que tiene que ver con el peculio personal -otra cosa es lo público-, además de su pertinaz obsesión por garantizarse un patrimonio para cuando abandone la política. Valía de muestra el pensionazo o chavazo que se hizo aprobar a cargo de la Junta que le permitirá disponer de dos años de indemnización, sueldo vitalicio de miembro del Consejo Consultivo, complemento de pensión del 60% del sueldo de presidente y dotación para una oficina permanente con cuatro ayudantes. Toda una pensión de oro para «el pobre de Manolo».


En su particular circunstancia, más le habría valido un poco de disimulo -al modo de su secretario de Estado, Gaspar Zarrías, que cuadruplica lo declarado por su jefe, llevando menos tiempo en la política y habiendo percibido remuneraciones más bajas-, en vez de haber exagerado tanto como para sólo superar el patrimonio de su ahijada, la ministra Aído, nacida el año en que Chaves debutó como diputado por Cádiz. Con su impúdica exhibición de modestia, no mostraba más que su orgullo, viniéndole como anillo al dedo aquella sabia recomendación de la ex primer ministra israelí Golda Meir: «No seas tan humilde, no eres tan grande». Pero, a lo que se ve, pretende quedarse con la gente. Así fue durante los 19 años en que presidió la Junta.


La pregunta decisiva


El vicepresidente querría luego que la ciudadanía no le pusiera en evidencia, al igual que el malagueño Javier Ruiz, el escéptico jefe de cocina del restaurante del Campo de Gibraltar, que le abordó en noviembre de 2007 en el programa Tengo una pregunta para usted de TVE preguntándole por su fortuna y la de sus beneficiados hermanos -aún se desconocía el escándalo de la subvención de 10,1 millones a la empresa apoderada por su hija Paula- o la señora que, una vez acabada la retransmisión, sin opción a interpelarlo ante las cámaras, le recomendó que mirará bien debajo del colchón a ver si encontraba el dinero que ella echaba en falta en lo dicho por el entonces presidente andaluz.


Nadie podía creerse que sólo hubiera ahorrado esos 3.400 euros tras 17 años como presidente y cuatro como ministro, y sus declaraciones de patrimonio entregadas al Parlamento andaluz se repitieran casi milimétricamente de un año para otro, como sucedía precisamente -¡oh casualidad!- con la de su hermano Leonardo, entonces director general de Infraestructuras Deportivas y gran benefactor de la empresa Climo Cubierta que apoderaba un tercer hermano, Antonio José.


«¿Cómo puede ser? No me lo creo», le refutaba en aquella aparición televisiva el cocinero a un Chaves que blandía su palabra como si ésta tuviera valor alguno después de haberla devaluado él mismo con sus embustes para salir de cada atolladero en que se ha encontrado. Como suele ser frecuente en la política de un país que manifiesta alta tolerancia con la mentira, hasta el punto de asimilarla a la inteligencia, Chaves acostumbra a darle un valor meramente instrumental que, por ejemplo, ya usó a finales de 1995 ante la correspondiente comisión del Parlamento andaluz cuando aseguró de modo mendaz que había devuelto el crédito que le había sido condonado por la Caja de Jerez.


¿Por qué se adornan como pavos reales de medidas para garantizar la diafanidad democrática y luego las convierten en papel mojado, como la ley de incompatibilidades de la Junta que quebrantó el propio Chaves para favorecer a su hija en el caso de los incentivos donados a Minas de Aguas Teñidas (MATSA) y cuyo cumplimiento se confía precisamente al Consejo de Gobierno que, a la sazón, preside el infractor? En definitiva, una ley que se revelaría inaplicable en el primer caso que le tocaba directamente a él, de la misma manera la declaración de bienes del Gobierno sólo ha servido para caer en aquel pesimismo que llevó a Shopenhauer a establecer que la modestia es una virtud que se había inventado principalmente para que la usaran los pícaros.


En efecto, en noviembre de 2007, Chaves se retrataba en el programa de TVE. Si un político acostumbra a ir metido en una funda para aislarse asépticamente del prójimo y tutea de pronto a un desconocido ante las cámaras de televisión, como hizo aquella noche, el perplejo interlocutor debe ponerse en guardia y arquear el lomo como el gato que recibe una caricia de mano desconocida. Por eso, cuando el presidente andaluz saludó la pregunta del jefe de cocina con un cómplice «Buenas noches, Javi», tratando así de vencer el escepticismo de quien no se creía que Chaves -bueno, ni él, ni nadie- sólo hubiera ahorrado 3.400 euros tras 17 años como presidente y cuatro como ministro, todo invitaba a pensar que el jerarca andaluz trataba de jugar al despiste con quien le repetía «cómo puede ser, que no me lo creo».


Al tiempo, el escéptico jefe de cocina le dejaba caer si no estaría acaso trampeando con la familiaridad cóm plice de los negocios que sus hermanos hacían a la sombra pródiga del árbol de la Junta. Sólo el recordatorio del caso Climo Cubierta, empresa beneficiada con las adjudicaciones de Leonardo Chaves, director general de Deportes, y en cuyo accionariado figuraba su hermano Antonio José, teniendo colocados en la misma a dos de sus sobrinos, ya puso al presidente andaluz al borde del síncope por tamaña desconsideración. Sin embargo, estaba obligado a disimular el mal trago no fuera a caérsele la máscara delante de los telespectadores. ¡Únicamente a él se le ocurría tratar de dar gato por liebre a un cocinero!


Por un momento, debió padecer un apagón mental y creerse que estaba en el Parlamento, donde la mayoría socialista le aplaudía las cosas más inverosímiles y lo hacía con tal fervor que le ayudaba a tener por verdades ciertas sus propias mentiras, mientras su rostro se arrobaba de importancia. Pero aquella noche televisiva un ciudadano avispado le demostró, al menos, estar vacunado contra la idiotez, como declaró aquel premio Nóbel polaco, Czeslaw Milosz, al que preguntaron un día sobre qué pensaba que podían haber aprendido sus compatriotas tras los muchos años vividos bajo la dictadura comunista y arguyó sin pensárselo dos veces: «La resistencia a las estupideces».


Frente a los focos de las cámaras y a la tozudez de un cocinero acostumbrado a desentrañar y a deshuesar presas, Chaves tuvo que emplearse a fondo para tratar de ganarse su confianza, mientras esparcía nuevas promesas con las que borrar la huella de aquéllas que le recordaban otros participantes que había incumplido flagrantemente. Vano intento. Al fin y al cabo, la credulidad tiene un límite que el presidente de la Junta sobrepasó ampliamente tratando de producir el engatusamiento de sus eventuales espectadores, aunque luego sus electores no le endosarían factura alguna.


Habiendo tanta falsedad en su manera de responder sobre lo inconcebiblemente magro de sus ahorros, se vio obligado a lanzar el órdago, con la desesperación de náufrago, al anunciar con solemnidad de tenor que dimitiría en 24 horas, si alguien demostraba lo contrario. Demostrado quedó a los pocos días y ahí siguió impertérrito. En condiciones de normalidad democrática, el anuncio de dimisión hubiera supuesto un seísmo, pero en una Andalucía donde prácticamente nadie dimite salvo purga interna -como acaeció con los ex presidentes Escuredo, al que le sacaron el chalé de su supuesto enriquecimiento ilegítimo, y de Borbolla, al que defenestraron los guerristas- acogió la declaración con el desinterés acostumbrado. No en vano otro de los participantes le había interpelado preguntándole si «su cargo era vitalicio» y si pensaba «abdicar algún día». El autor de las mismas se llamaba Felipe González, pero no se trataba precisamente de su padrino político, sino de un estudiante sevillano de 23 años que confesó que, siendo pequeño, pensaba que Chaves -su llegada a la Presidencia le cogió con cuatro años- era el «rey» de Andalucía porque «estaba siempre» en el poder.


La mentira política


Hecho a la mentira política tras lustros de Presidencia y dispuesto a sonreír ante las cámaras de televisión para mantener la privilegiada posición de la que gozaba, Chaves hizo el gesto de meter la mano en la jaula del tigre, emplazando públicamente a los mismos periodistas a los que quería meter entre rejas a que investigaran todo lo que quisieran sobre sus bienes y su sueldo. Nada más salir del plató, donde alardeó de no haber recibido herencia alguna, ordenó una actualización inmediata de sus ahorros que, de la noche a la mañana, se multiplicaron por siete. Un cuponazo del 10, desde luego, e idéntica suerte que aquel consejero de la época del «pelotazo solchaguista» -como José Aureliano Recio, viejo compañero suyo en el año en que vivió en Bilbao y titular de la cartera de Fomento con Borbolla de presidente de la Junta- al que cada vez que compraba lotería en el aeropuerto sevillano de San Pablo a Antonio, el betunero, le tocaba un premio millonario para sarcasmo general y provecho del afortunado. A Recio, consejero del BBVA de la mano del ministro Solchaga y socio de éste en su particular negociado de la intermediación política, como fue el caso MATSA, cada hijo que le nacía llegaba con el cordón umbilical sellado a un décimo de lotería premiado.


En efecto, tan sólo seis días después -la aparición en el programa fue el 20 de noviembre y la modificación se registraría el 26- rectificaba la declaración de bienes e intereses a la Cámara autonómica y mostraba disponer de un saldo total en sus cuentas bancarias de 23.547,36 euros, frente a los 3.400 euros que decía tener. Justificó su magra fortuna en que había tenido que ayudar a sus hijos -Iván y Paula- en su formación académica y en la compra de sus viviendas y coches. El incremento, según la anotación que se incluía, obedecía a los 13.933,88 euros procedentes de «una herencia» -la novena parte de una casa propiedad de su madre-, si bien, en el programa de TVE, había dicho que los ingresos que entran en su casa procedían exclusivamente de la remuneración asociada a su cargo -5.000 euros netos de sueldo en 12 pagas-. «No he tenido ninguna herencia», dijo.

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Página de EL «BUENO» DE MANOLO
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