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El oasis español
#1

OPINIÓNEl oasis español
Sin gastos en protección y sin diálogo con los sindicatos, estaríamos hablando de revuelta social

5 votos 5 comentarios
Fernando Ónega | 25/02/2010 | Actualizada a las 00:45h | Política
No es fácil entender algunas reacciones ante el descriptible éxito de las protestas sindicales del 23-F. Los mismos que sugieren a los sindicatos una huelga general, se toman a broma las manifestaciones: les parecen poco ejercicio de fuerza. Los mismos que les reprochan su luna de miel con el Gobierno, se alegran ahora del poco público que acompañó las protestas. Y los mismos que le exigen a Zapatero que rectifique su política económica celebran ahora que las concentraciones no hayan tenido capacidad para forzar esa rectificación. Ni con sindicatos anestesiados ni con sindicatos activos tienen sus penas remedio.

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O quizá sea muy fácil de entender: merecen igual celebración las dificultades del Gobierno y la pérdida de fuelle sindical. Al fin y al cabo, ambas circunstancias contienen el mismo diagnóstico: la decadencia de la izquierda, desorientada en el poder y débil en la calle.

Quizá eso explique también el tono sarcástico con que parte de la opinión publicada analiza las relaciones entre Zapatero y Cándido Méndez y Fernández Toxo. Al primero se le llama vicepresidente en la sombra o asesor áulico de presidente. Y no faltan voces que consideran a ambos líderes cómplices de la situación o secuestradores de la voluntad de un gobierno convertido en su rehén.

Ciertamente hay algo de eso. Digo más: multitud de medidas muy urgentes están aparcadas, en espera del visto bueno de los agentes sociales. Ese visto bueno nunca llega, porque necesitan mucho tiempo y reuniones interminables para decidirse. Por ejemplo, de la propuesta de reforma laboral nunca más se supo desde que el Consejo de Ministros la entregó a los agentes sociales para deliberación y consenso. Ahora, esa reforma ya estará en dos mesas: la del diálogo social y la del pacto político que hoy se reúne. La confusión está garantizada. Pero el señor Zapatero no sabe o no quiere gobernar de otra forma. No es que sea rehén de los sindicatos. Es que tiene pánico a la protesta callejera.

¿Saben lo que les digo? Que, si sabe meter más prisa a los lentísimos negociadores, quizá sea lo mejor que hace Zapatero. La situación económica es grave. La duración de la crisis, incierta. La desesperanza ciudadana, elevada. Sólo hay una forma de empeorarlo todo: que empiece a ocurrir lo que ayer retrataba La Vanguardia, resumido en la frase "el malestar social por la crisis se extiende por Europa". Las crónicas hablaban de conflictos multiplicados en Francia; de paz social amenazada en el Reino Unido; de indignación y huelga en Grecia… Que en España, con más parados que todos esos países juntos, sólo haya habido una protesta importante, sólo tiene dos explicaciones: las ingentes cantidades de dinero que se gastan en protección y ese ejercicio de diálogo con los sindicatos. Si fallase cualquiera de las dos, quizá no estaríamos hablando de manifestaciones. Estaríamos hablando de revuelta social.


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