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El rabo del diablo
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El rabo del diablo


Uno. A veces estoy viendo por la tele una sesión parlamentaria, cuando imagino a Bono bajando de su asiento con un cáliz entre las manos para dar la comunión a los diputados, que se acercan con recogimiento a recibir la sagrada forma. Luego regresan a sus escaños, donde se la tragan con los ojos cerrados mientras el presidente del Parlamento continúa oficiando la misa. La escena posee una potencia enorme. Además, goza del privilegio de la verosimilitud, pues ni resulta difícil imaginarse a Bono administrando la eucaristía ni a Rajoy o Cospedal recibiéndola. Pero lo cierto es que quienes finalmente comulgamos en esas sesiones somos los espectadores. Y con ruedas de molino, para decirlo todo, de ahí que –salvo situaciones excepcionales– estas conexiones tengan tan poca audiencia.

Dos. El hecho de que la actividad parlamentaria nos recuerde en algunos aspectos a la liturgia católica se debe, piensa uno, a que se encuentra enormemente ritualizada. Entra uno en la iglesia –perdón, en el Parlamento– y sabe a la perfección cuándo es el momento de la lectura de la epístola y cuándo el de la homilía. Ve uno a Soraya Sáenz de Santamaría tomar la palabra y conoce de antemano qué va a decir y en qué registro. Así como el cura recita con idéntico tono de hastío las distintas partes de la misa, Soraya Sáenz de Santamaría se mostrará indignada hable de numismática, de economía o de cine. A continuación, María Teresa Fernández de la Vega entrará al trapo y le responderá algo que los espectadores podemos anticipar mentalmente, pues nos conocemos el guión de arriba abajo. Estaría bien que, para variar, se pelearan en latín, como al parecer van a volver a decirse las misas (ya era hora).

Tres. Quiere decirse que el peso de la Iglesia continúa siendo excesivo entre nosotros. De hecho, si Bono tuviera un día la tentación de bajar realmente de su trono con el cáliz entre las manos para administrar la comunión a sus señorías, los diputados católicos que hubieran votado la reforma de la ley del aborto no se atreverían probablemente a comulgar, pues si lo he entendido bien, están en pecado mortal, como cuando te masturbas, y si se mueren sin arrepentirse, irán al infierno de cabeza. Se imagina uno al PNV en bloque en el infierno y le da la risa. Es lo que tiene aficionarse a ver por la tele estas sesiones, que se te ocurren cosas que no son. Mi madre decía con frecuencia que cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas. A mí me impresionaba mucho esta frase, así como la imagen que provocaba en mi cabeza infantil. Alguien que mataba moscas para mitigar el aburrimiento no podía ser tan malo. Nosotros, los niños de la época, matábamos moscas también, pero de un modo más cruel que el diablo. Y después comulgábamos como si tal cosa, porque matar moscas no era pecado mortal. Jamás lo entendí.

Cuatro. Pero a lo que mi madre se refería con lo de matar moscas no era a matar moscas, sino a cometer barbaridades. Las de los curas y los obispos irlandeses, por ejemplo, que entre 1975 y 2004 violaron a los niños que estaban a su cargo. Esos sí que estaban matando moscas, quizá porque eran diablos que no tenían otra cosa que hacer. Lo increíble es que el propio Estado fuera cómplice de estas tropelías. A lo mejor tampoco tenía nada que hacer. Los estados católicos, como ha quedado de manifiesto a lo largo de la historia, son peligrosísimos. No ha habido un solo caso de Estado católico donde hayan dejado de practicarse todo tipo de torturas y excentricidades sexuales (véanse el Chile de Pinochet o la España de Franco). La católica Irlanda no podía ser una excepción.

Cinco. El mismo día en el que el periódico daba la noticia de los abusos sexuales llevados a cabo por los curas católicos en Irlanda, se manifestó en la tele monseñor Martínez Camino para anunciar la excomunión de los diputados o senadores que votaran a favor de la reforma de la ley del aborto. ¿Quieren ustedes creer que no dedicó ni una sola palabra a las víctimas de sus colegas irlandeses? Pues créanlo, aquí paz y después gloria, como si no hubiera pasado nada. Pelillos a la mar.

Seis. Y es que cada uno tiene sus obsesiones. La de Marichalar, según hemos leído también en los periódicos, es que su ex haya recurrido al divorcio en vez de a la anulación eclesiástica, como corresponde a su posición social. Aseguran las crónicas que el duque de Lugo, hombre de profundas convicciones religiosas, se pasea atribulado por los 500 metros cuadrados de su casa, pensando en el Juicio Final. Lo que decíamos: que la Iglesia tiene entre nosotros un peso absurdo. Cualquier día, Bono, en vez de abrir la sesión parlamentaria, oficia una misa.


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[Imagen: foto_23195_CAS.gif]


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