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El tango del pp
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El tango del PP LA NUEVA ESPAÑA 30-3-10
Del congreso de Sevilla en el 90 al caso contra Jaume Matas
09:21
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El tango del PP
El tango del PP

LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES La característica del tradicionalismo español es, en efecto, su vaciedad de contenido político y social, vacío que se llena con pura retórica, hasta como tal retórica, de ordinario, mala (Unamuno)

Este último fin de semana de marzo transcurrió entre el recuerdo de aquel congreso de Sevilla celebrado el 8 de abril de 1990, al que se le considera el lanzamiento definitivo de Aznar a la Presidencia del Gobierno (aunque desde entonces tuvieron que transcurrir 6 años para el objetivo que tanto se conmemora), y el presente más inmediato con el señor Matas compareciendo ante la justicia a resultas de una presunta trama de corrupción.

La carta de Aznar a Fraga que el viejo dirigente rompió a la vista de los asistentes y reconstruida por Cascos, el decálogo de aquel congreso que ha querido ser recordado con una solemnidad tal como si se tratase de una imprescindible aportación al pensamiento occidental, así como la emoción de Aznar ante el gesto del ex ministro de Franco. Todo ello en la dirección de recordarle a Rajoy que tiene el listón muy alto, que está obligado a seguir la estela de su carismático antecesor y que no puede continuar defraudando las expectativas.

Pero el PP tiene un problema que no parece dispuesto a resolver. Y es que aquella «amarga victoria» del 96 vino dada en no pequeña parte por la corrupción del PSOE. Frente a ello, como ampliamente atestiguan las hemerotecas, lo que Aznar prometió fue regeneración y decencia en la vida pública. No olvidemos que el 7 de enero de 1990 se publica en un diario nacional la entrevista en que el alcalde de Barbate denuncia los comportamientos de El Hermanísimo. Aun así, en el 93, el PSOE vuelve a ganar las elecciones.

En el 96, llegó la victoria de Aznar. Y, a la hora de hacer balance, aparte los triunfalismos que van en el guión, es inevitable plantearse si durante los 8 de Gobierno del PP se acabó con la simonía en la vida pública.

Nadie pone en duda que durante esos ocho años no se llegó a los extremos bochornosos de casos como los de Roldán o Mariano Rubio, ni siquiera hay por qué cuestionarse la honradez de Aznar. Pero tanto triunfalismo está de más. El caso del señor Matas tiene todas las trazas de una obscena ostentación de riqueza que no es para sentirse orgullosos de haber confiado en él. Un caso, además, que salta a la actualidad en este 20.º aniversario que algunos medios han celebrado por todo lo alto. Y que, dígase lo que se quiera, empaña tanto triunfalismo. Y, de otro lado, ahí está también el llamado «caso Gürtel» que, escuchas aparte, tiene en el tiempo una procedencia inequívoca.

Porque aquel Aznar no estaba tan henchido de soberbia como ahora. Nadie se lo imaginaba haciendo de Américo Castro en Estados Unidos soltando perogrulladas afrentosas a la inteligencia. Nadie se lo imaginaba tampoco negándose a reconocer que cometió el más mínimo error.

Acaso una parte no desdeñable del electorado que votó al ex presidente en el 96 y en 2000 no lo haría ahora, cuestiones programáticas aparte, porque comparecía con otra actitud mucho menos engreída y prepotente que la que fue adoptando desde su mayoría absoluta en el año 2000.

Es inadmisible un discurso maniqueo que plantee, como se hace desde las trincheras contrarias al PP, que Aznar lo hizo todo mal. Tan burdo como lo contrario. Las cosas son mucho más claras. La ética que prometió González en el 82 fue un auténtico fiasco. Y, como escribí más de una vez, lo más benévolo que se puede decir del político sevillano es que no quiso ser como Azaña y terminó incurriendo en puro lerrouxismo, es decir, pasó de un discurso de izquierdas a bendecir el enriquecimiento rápido y hacer de este país una especie de patio de Monipodio. Y, por su parte, la regeneración en la vida pública por la que apostó Aznar se quedó, en el mejor de los casos, en una mera declaración de intenciones.

Veinte años después, aquel hombre que prometía sobriedad y sentido común, acaso en exceso esto último, se convirtió en un personaje con una altivez intragable y ridícula. Veinte años después, aquel político que decía apostar por el centrismo, se encuentra instalado en un discurso que no se caracteriza ciertamente por la moderación.

Veinte años después de aquel congreso, su sucesor se encuentra un día sí y otro también con que se le perdona la vida en términos comparativos. Ciertamente, las limitaciones de Rajoy están ahí y no es fácil que pasen inadvertidas, pero, a pesar de lo fácil que se lo está poniendo Zapatero con vistas a las próximas elecciones, su garantía de éxito en los comicios de 2012 no pasa por ser un lacayo de Aznar y un emulador de un político cuya talla, cuestiones ideológicas aparte, está muy lejos de ser vertiginosa.

¿Cómo es que nadie se plantea que, mientras que a Zapatero son muy pocos los que le restriegan que González no sólo ganó cuatro elecciones consecutivas, sino que además obtuvo una victoria tan irrepetible como la del 82, a Rajoy le recuerdan continuamente que su antecesor tuvo mucha mayor envergadura política que él?

¿De verdad sería sostenible creer que, en capacidad de liderazgo, que en ser buen político, que no buena persona, como escribiera Ortega hablando de Mirabeau, hay más diferencia entre Aznar y Rajoy que entre González y Zapatero? ¿De verdad es de recibo que Aznar esté tan endiosado por los suyos y por él mismo?

¿Es para lanzar cohetes este veinte aniversario? ¿Con ello no están bailando unos cuantos un último tango a cuyo final, más que las nieves del tiempo, lo que se encuentra es un engreimiento insoportable?

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