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Elogio del cachopo
#1

Portada > Opinión
Cartas desde la selva
Elogio del cachopo
Carne, jamón y queso son el tronco y el hueco del árbol que pretenden habitarnos

02/04/2010 LUIS MUGUETA LA VOZ DE ASTURIAS

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Natalia Neyra

Tierra, viento y fuego. Los tres elementos -siempre nos preguntamos por qué no está el agua- de la potencial existencia sólo dan para el último cuba libre, el que nunca se toma (o allá quién se lo beba). Un aquelarre guapo, de los tantos que hay, es el de la carne, el queso y el jamón: el inenarrable, el incombustible, el aquí presente, el gran cachopo. Los gramáticos, a quienes tanto debemos, o deberíamos deber, suelen asegurar que el cachopo es el tronco seco y hueco del árbol. Leeremos, como se imaginan, lo que no queríamos demostrar. El cachopo es un tótem casi milenario de la apetencia del hombre, de su seguridad, lo mismo ante la vida que ante un fin de semana. El cachopo no es la flor de la inocencia, es la metáfora tremenda de las horas vividas, aun en tiempos, como estos, de vigilia. El cachopo, en fin, se divide en cuatro, sean comensales o sean teorías. Al cabo, el cliente casi siempre tiene la razón. De ser.

EL POLÍTICO viene a dar con la conciencia, cosa interesante tratándose de árboles que ellos suelen llamar desde Pío Baroja «de la ciencia y otras inquisiciones », viene a dar con el leñador: el hacha antes que la motosierra, pese a que ésta esté de moda. Que el tronco esté seco viene bien para regarlo, que esté hueco, para llenarlo. El tema que se parlamenta es de quién es el árbol. Entre raíces, ramas y ciertos ramajes retorna el jardinero -aunque queden muy pocos-a replantearse el innombrable asunto de la Ley Electoral, particular o general.

En este periódico, carne, jamón y queso han planteado alguna que otra vez la revisión, no como examen médico sino como echar un vistazo trascendente a un plan, que nunca a una doctrina. Hace unos días leíamos, como hace tantos, que el quinto diputado de una circunscripción de esta comunidad tiene tanto valor como la Liga misma. Reiteremos, para no dar más la lata, que esta administración físico-política, basada en las teorías napoleónicas, perjudica a pocos, que es de lo que se trata, y ahora mismo no beneficia a nadie.

Es lo de todo depende del color, el ojo y todo aquello con lo que quiera mirarse. Un tanto por ciento en las `grandes superficies´. Volverán los `pequeños votantes´ a quejarse, qué duda cabe, en el mar de la estadística de quienes controlan los espejos cóncavos de la calle del Gato, y pedirán el voto en los soportales con la tranquilidad machadiana que da el no creer en nada. No es Asturias, por mucho que se intente, el menoscabo. El complejo, pero simple, pacto de izquierdas debería de ser, nunca mejor en estos días, una saeta desde el balcón de la conciencia, no desde el de los invitados, que atesoran tan escasa razón de la inocencia. Las pinzas, las eléctricas y los embalses nublan las lentes de los prismáticos del faro que buscan el Cabo Peñas.

EL FILOSÓFICO, sin duda el más difícil, el osado. Ciertas personas, figuras tal vez, racanean en ciertos medios la sabiduría presupuesta en un espectáculo lamentablemente aceptado. Lo poco comprensible, por no escribir lo incomprensible, tiene nombre y apellidos. Y sede. Para el profano, a quien apoyo por ser socio, el sentido común es como el pan: manos y harina. Para el que parece saber, el sentido común es un planeta difícil, muy difícil, de percibir desde los telescopios de caleya. Con la carne, el queso y el jamón le dan un giro a la democracia griega y dicen que valga la redundancia. Queda el recurso de respirar, y poco más. Vale lo mismo para Oviedo que para Atenas. Los vuelos baratos es lo que tienen.

EL CIUDADANO, cachopo veraz. Ahora dice Zapatero que la ciudad soñada está en Asturias. Hay un póker de escritores decentes que la imaginaron ruin y sin embargo imprescindible. También hay un puñado -entiéndase bien que no del puño-que la trabajan para poner la última piedra, que la primera empieza a ser vulgar. La Asturias del intestino grueso es agradable. Un tren son diez minutos, un autobús lo que cuesta un café, y en el destino, caminar es gratis y gratificante. Si el día coincide con el mapa del tiempo del ritmo de las piernas, la carne es la cabeza, el jamón a la izquierda, el queso, a la derecha... El caminante tiene tanta curiosidad como miedo dan los telescopios del filósofo, y tanto sentido común como quien se replantea las opciones de quien le dibuja los caminos. Pensar que quien no parece hacerlo es de los nuestros sólo es de tontos, útiles o inútiles.

EL AUTÉNTICO cachopo es el más sencillo, pese a su dificultad. Me recomiendan buenos consejeros, a veces amigos, que, a mi vez, recomiende el de Pedro, el del Mesón de Pedro. No es un cachopo críptico, es el cachopo. Carne, jamón y queso, y algo de misterio, como el de la fórmula de la Coca Cola. En un plato-bandeja aparece, al margen de patatas, pimientos y otras hierbas, el cachopo. Uno que es bastante dado a la fantasía, se imagina aterrizando sobre el plato desde el avión que llega del deseo terreno de Ranón. El comandante, que casi siempre se apellida Medina, suele decir el minuto y los grados, y que estamos llegando afortunadamente a buen término. No se quiten el cinturón ni enciendan, todavía, los móviles hasta que no lleguemos a la terminal. Sobrevolamos, que es lo que se hace cuando hay apetito, el cachopo infinito, ese que tanta falta nos hace.

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