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la caida de un mito
#1

La caída del mito
Qué es mejor: cargarse a Garzón por una querella de la Falange o por los cobros de Nueva York?

3 votos 5 comentarios LAFernando Ónega | 27/03/2010 | Actualizada a las 03:30h | Política LAVANGUARDIA.ES
Qué es mejor: cargarse a Garzón por una querella de la Falange o por los cobros de Nueva York? Aunque parezca increíble, ese debate se ha suscitado en altos estamentos judiciales. El avance de la instrucción indica que, de llevarlo al banquillo, el primer caso tiene que ser el del abortado proceso al franquismo. Pero tiene un problema: por muchas razones jurídicas que existan, mucha prensa y opinión pública internacional dirán que el juez abanderado de los derechos humanos ha sido víctima de la extrema derecha. Y hay miedo a que eso salpique la imagen del Tribunal Supremo y de la propia democracia española. Los cobros de Nueva York, en cambio, tienen el desagradable aroma del dinero y del aprovechamiento, suenan a corrupción, son un método más letal para el juez.

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En esas cábalas se anda. O se anduvo. Ahora, el rechazo del recurso que Garzón había presentado contra el auto de imputación de Luciano Varela no deja muchas opciones: el caso del franquismo está muy avanzado, prácticamente cerrado en su instrucción, y el de Nueva York está en sus inicios. Habrá que afrontar el precio político de esa imagen, porque la ley está por encima de las ideologías del querellante y del justiciable. Las conexiones con el Banco de Santander tampoco son malas como traca final en esta crónica de la destrucción anunciada.

¿También merecida? No lo sé. Hay algo que no consigo explicar: cómo un magistrado de tanta experiencia acumulada pudo cometer tantos errores juntos y pudo dejar tantas grietas por las cuales se metió la espada de la justicia. Es cierto que todas sus desgracias comenzaron cuando se puso a investigar la trama Gürtel. Pero, para que la justicia persiga y acose, tiene que tener un motivo. Y Garzón se ha movido tanto en el filo de la navaja, tan al límite de la ley, que se acabó cortando. Y probablemente la yugular.

Mi tesis es que se creyó demasiado su propio papel. No podía andar por América de látigo de dictaduras, mientras le preguntaban en coloquios por qué no exigía responsabilidades a la dictadura de su país. No soportó que abogados encubrieran tramas de delincuentes sin darles caza en el mismo acto. Su historia de fama y prestigio mundial y el coro de lisonjas que le acompañó durante tantos años le hicieron creerse el superhombre que podía interpretar leyes al margen de su contenido literal. Y la fe ciega en su capacidad de acierto le condujo a no atender los consejos leales que le daban en la propia Audiencia Nacional. Algunos, por escrito, como el del recurso del fiscal Javier Zaragoza.

Ahora, este jiennense del olivar está ya en el Huerto de los Olivos. Es la estrella que derriba la justicia a la que sirvió. Pero los actos que le llevan al patíbulo dejan grandes interrogantes: qué pasaría si el caso Gürtel fuese archivado; por qué el derecho de defensa es el único que no conoce ninguna limitación; si el sistema español, tan garantista, obliga a forzar la ley para taponar las zonas de impunidad. Garzón lo hizo muchas veces. Pero sólo en el último tramo le pusieron un stop.


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