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La chica del pijama
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La chica del pijama

No nos engañemos: la política no es más que la representación pública, visible, de una fealdad ambiental

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Antoni Puigverd | 08/02/2010 | Actualizada a las 03:31h | Política
La semana pasada acumuló tantas noticias desastrosas, que apenas quedó espacio en la prensa para una noticia de apariencia pintoresca. Un supermercado de Cardiff prohíbe la entrada a clientes descalzos o en pijama. "Vaqueros y zapatillas son bienvenidos, pero pedimos a los clientes que no vengan a comprar en pijama o camisón". Al relator de la noticia no le fue difícil encontrar clientes disconformes. Elaine Carmody, una chica de 24 años, sostiene que la medida es "ridícula". Ella acudía regularmente al súper en pijama - explica-hasta que fue a comprar un paquete de cigarrillos y le prohibieron entrar. Dando rienda suelta a su enojo, vaticina: "Perderán clientela, la gente se irá a comprar a otros supermercados donde se permita ir en pijama".


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Yo también creo que el supermercado fracasará en su intento. Todo en la sociedad actual conduce a la desaparición de la frontera entre lo íntimo y lo social, empezando por los programas más vistos de la televisión, en los que, mientras unos ociosos mequetrefes exhiben sus nimiedades, otros explican con desarmante ingenuidad sus miserias y desgracias más sentidas. Leo - ya sin inmutarme-que en uno de estos programas, una mujer tuvo un encuentro sorpresa con su padre, recién salido de la prisión: no se veían desde que, siendo ella una niña, él la violaba. La presentadora porfió con éxito para que se abrazaran en el plató. No son pocos los que exhiben, con orgullo, su necedad. La mujer a la que un profesor defendió de la agresión del macho con el que convivía obtuvo fama y dinero del relato de sus vivencias de apaleada, así como de su desprecio por el quijotesco profesor que la salvó, confinado en un hospital durante meses por la paliza que le dio el macho de marras. Son legión, en fin, los que subastan sus lágrimas por los minutos de gloria televisiva que Andy Warhol prometió a todo el mundo.

La desaparición de las fronteras entre lo personal y lo social tiene su traducción perfecta en el universo infinito de internet, donde el más discreto cuelga entero su álbum de fotos. El supermercado de Cardiff fracasará en su intento de restablecer la frontera entre lo público y lo privado, no sólo porque la intimidad ha desaparecido como idea, sino porque, con el triunfo aplastante del concepto transgresión,la democracia se entiende ahora como acto de rendición a cualquier deseo individual. Elaine, la chica del pijama, argumenta con fundamentalismo liberaloide: "Si se puede venir en pantalones deportivos, ¿por qué no en pijama?". Gracias a esta lógica argumental, los más ruidosos y agresivos dominan el espacio social. Motos sin silenciador, bandas con perros adueñándose del parque, altisonantes monólogos telefónicos en el tren, prodigiosos glúteos presidiendo la ciudad desde las vallas publicitarias, vecinos abandonando sus basuras lejos del contenedor…

Con los altos presupuestos dedicados a limpieza, sanidad y educación, tendría que haber disminuido la suciedad y la degradación del espacio público, pero sucede todo lo contrario. Si las mujeres de mi infancia barrían el trozo de calle que les correspondía, ahora, delegada la limpieza del espacio común a brigadas motorizadas de barrenderos, no es extraño presenciar escenas como la que observé otro día en un portal burgués: un vecino enviaba con hábil patadón un kleenex usado a la vía pública. No todo es culpa de los políticos. Ni de los inmigrantes. Llevamos demasiados años reclamando soluciones a los que mandan, como si fuéramos niños. Mejor dicho: el político nos trata como niños (os daré esto y lo otro, si me votáis) y nosotros aceptamos su juego y el rango. No son pocos los problemas que dependen de nuestra responsabilidad individual. Cuando los políticos fallan - la crisis muestra todas sus vergüenzas-tendemos al berrinche, que, sin embargo, refuerza nuestro infantilismo.

La anécdota del supermercado de Cardiff nos remite, por otro lado, a una de las plagas de nuestro tiempo. El feísmo. Todo el mundo conoce hoy en día la historia del arte (o por lo menos ha tenido oportunidad escolar de conocerla), pero, mientras el gran arte duerme en los museos el sueño de los justos sin influir para nada en la vida social, las formas primitivas o populacheras se expanden: triunfan el piercing y los tatuajes; regresan el eructo y el escupitajo; las groserías y la obscenidad baten récords de audiencia en televisión e internet. El malditismo estético de la cultura rock sigue ganando adeptos; la cultura grunge, inicialmente sutil, entroniza entre las clases medias la negligencia indumentaria; lo hortera conquista la alta moda sin abandonar su imperio sobre la gente humilde… Tales corrientes nacieron en su día para contrapesar la asfixiante formalidad burguesa. Y han ganado por goleada al buen gusto. Su victoria debía liberarnos, pero el instinto esclaviza tanto como la represión. El imperio del cutrerío y la fealdad, del ruido y la estridencia no ha mejorado nuestra calidad de vida. Al contrario: contribuye a la desazón, la agresividad y la impiedad de nuestros días. No nos engañemos: la política no es más que la representación pública, visible, de una fealdad ambiental. Dábamos por hecho que, gracias al progreso cultural, las relaciones humanas acabarían fundándose en la razón ilustrada y que la civilización progresaría. Tal suposición ha sido desmentida por los hechos. Esta es la verdadera crisis de nuestro tiempo. LA VANGUARDIA 8-2-10








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