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La culpa de la crisis es del sr mendi....
#1

Jan 31
LA CULPA DE LA CRISIS ES DEL SR. MENDIZABAL

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LA CULPA DE LA CRISIS ES DEL SR. MENDIZABAL.
“¡Cuánto mejor, en política y economía, repartir al pueblo esta masa de bienes en vez de sacarlos al mercado!... ¿La parte de deuda que se amortiza vale más o vale menos que los intereses territoriales que podrían crearse con ese reparto, hecho juiciosamente? ¿Es preferible el crédito circunstancial, para encontrar quien preste, a las ventajas futuras de la buena distribución del terreno?...Resultará que los caciques de los pueblos, la clase bursátil, los que poseen ya una mediana fortuna, adquirirán bienes considerables pagándolos a largos plazos con el mismo producto de las tierras..Y en tanto el pueblo agricultor y laborioso no podrá adquirir propiedad…¡Si lo he pensado, Señor, si lo he pensado!...¡Pero no le dan a uno tiempo para nada¡” (“Mendizábal” Episodios Nacionales, Benito Pérez Galdós).

España, junto con Rusia, son las únicas dos potencias históricas que se incorporaron mal y tardíamente al concierto de potencias capitalistas. Ambas lastradas por la pervivencia durante un dilatado periodo histórico de los seculares estorbos del absolutismo y el régimen feudal. En Rusia, la abolición de la servidumbre se retrasó hasta los años 60 del siglo XIX, y aún así el nivel de vida del campesinado siguió en los umbrales de la más absoluta miseria. La derrota rusa en Crimea ante ingleses y alemanes saca a la luz la ineficacia y debilidad del estado zarista y sus menguadas estructuras materiales. El imperio zarista empieza su declinar histórico. Asimismo, España, a lo largo del siglo XIX, se desprende paulatinamente de su imperio colonial, con la perdida de Cuba en 1898 e, incluso, se ve obligada a negociar con Inglaterra y Alemania que los términos de la desmembración del imperio no perjudicase la integridad territorial peninsular, ante las pretensiones anglosajonas por las Islas Baleares. España, entre tanto, había perdido también la oportunidad durante todo el citado siglo de cimentar sólidamente sus estructuras económicas al malograr la desamortización de Mendizábal y posteriores el desarrollo endógeno del país, impidiendo que las enormes extensiones de tierras desvinculadas hubiesen ido a parar a manos del campesinado pobre y jornaleros sin tierra en vez de a una burguesía absentista, que las acaparó para sí, en su primer pelotazo inmobiliario, distrayendo sus capitales hacia las inversiones productivas industriales. Paralelamente, el resto de las potencias, Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos y Japón, estaban cimentando sus economías capitalistas en el reparto colonial del mundo (Africa, Asia y Latinoamérica), que es tanto como decir procurándose la cuota del mercado mundial, “extensión natural” de sus sectores e inversiones industriales. España perpetúa este apartamiento del núcleo del desarrollo del capitalismo con su abstención en las dos conflagraciones mundiales y con su marginación respecto del Plan Marshall subsiguiente, que supuso la reconstrucción del resto de las potencias capitalistas europeas. Rusia, por lo demás, quedó apeada del capitalismo durante más de siete décadas por el triunfo del socialismo soviético.
La conclusión, en lo que a España se refiere, es clara: se incorpora tarde al desarrollo capitalista y sólo cuando la división internacional del trabajo, las esferas de influencia en el mercando mundial y el reparto colonial están concluidos, y en los que sólo participa, desde entonces, muy secundaria e instrumentalmente en función del equilibrio entre las potencias principales. Sin cuota real en el mercado mundial y una acumulación de capital interna lastrada por las rémoras de la oligarquía financiera, terrateniente y criolla expatriada, España languidece durante prácticamente todo el siglo XX. De la incorporación del país a las CC.EE, a finales del siglo pasado, en una época de fuerte expansión del capitalismo europeo y mundial, ha resultado la apariencia, durante estos últimos 30 años, de que, definitivamente, España había abandonado su errática senda capitalista y que, al fin, entraba de pleno derecho en el concierto de las grandes potencias capitalistas con todo su boato y requilorios: un presunto estado de bienestar, a nivel interno, y en el internacional, con una clara y pretenciosa política de mediana potencia, con participación en las diversas coaliciones militares imperialistas.
La Gran Recesión del 2008, sin embargo, ha vuelto a España a su más cruda realidad. No es potencia alguna; el capitalismo hispano carece de consistencia industrial, habiéndose dejado en la operación de integración europeísta sus posibilidades de desarrollo industrial independiente en sectores claves; sólo algunos sectores monopolistas, aupados sobre la apropiación de los recursos públicos tras las privatizaciones de los sectores industrial y financiero públicos, han podido internacionalizarse, imbricándose perfectamente en las estructuras del capitalismo globalizado, europeo y norteamericano, creando, ciertamente, una extraña situación de fortaleza frente a la debilidad cada vez más acusada del país matriz. Y, de otro lado, algunas de las regiones españolas con más desarrollo industrial no dejan de manifestar sus deseos secesionistas en el marco de la Unión Europea.
España experimentó antes que Rusia su particular revolución consejista (soviética), en la forma de la revolución cantonalista en la deriva izquierdista de las últimas etapas de la I República (con su Presidente socialista Pi y Margall): Cartagena (General Contreras), Sevilla, Granada, Málaga, Cádiz (Fermín Salvochea); Andalucía y Levente, en definitiva, declararon Estados populares y obreros en multitud de ciudades y provincias al inicio del último tercio del siglo XIX, en respuesta al fallido estado liberal y a una burguesía ya por entonces reaccionaria y, como queda dicho, incapaz de sacar al país del postracismo en que se encontraba; y, asimismo, España, en los años 30 del siglo pasado, sufrió, en otro episodio revolucionario de naturaleza popular y obrera, y tal como la Rusia Bolchevique, una larga guerra civil contra las fuerzas de las clases dominantes caducas. Esto es, España y Rusia, salvando las diferencias, han sido las dos únicas realidades estatales que han experimentado serios y duraderos procesos revolucionarios de transformación social y estatal. Son los eslabones débiles del núcleo capitalista europeo y, en realidad, jamás las burguesías anglosajona, germana ni francesa los acogerán e integrarán plenamente en sus redes, por mor de la ley del desigual desarrollo del capitalismo. Sin embargo, en ambos casos, sus sectores oligárquicos, los únicos realmente integrados, pugnan por no perder los fuertes vínculos que les une al capitalismo paneuropeo (en ello les va su continuidad y fortaleza frente a sus respectivas naciones y sociedades) y para ello no dejarán de implementar políticas draconianas al interior, como de hecho ya avanzan algunos Bancos, como el BBVA, que en un reciente informe recomendaba retrotraer a España, en lo que a empleo público y gasto corriente (léase social) se refiere, a niveles de 2001, lo cual ha aceptado sin reservas el gobierno liberal de Zapatero, en este aciago día en que se ha instaurado la CADENA PERPETUA LABORAL e iniciado, con los recortes multimillonarios anunciados, el desaguace del exiguo estado de bienestar.
Así, pues, el desarrollo multiforme y pleno de los pueblos ruso y español está indisolublemente anudado a la senda del socialismo. Que sean capaces el primero de recuperarla y el nuestro de iniciarla es otro cantar. En cualquier caso, lo cierto es que el capitalismo español y sus instituciones nunca fueron inmunes a los trastornos económicos; al contrario, la debilidad que, al menos, es consustancial al primero, le hace especialmente sensible a sus crisis cíclicas de alcance general. La Gran Depresión Económica Mundial de 1873 (la primera gran crisis de sobreproducción) trae inmediatamente la I República y la revolución social cantonalista; la Depresión del 29, en el siglo XX, pocos años después, una vez más, regala a España otra República y, nuevamente, una revolución social paralela a la guerra civil. Y queda por ver si este tercer gran trastorno, que es la Gran Recesión de 2008, viene también acompañado de un cambio de régimen.
Juan Jiménez HerreraREPUBLICA.ES
Enero de 2010.


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