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Lorenzo:la izquierda
#1

El ojo del tigre.
Lorenzo : la izquierda
La clase obrera asturiana perdió en 1959 la que había sido su principal seña de identidad política.

28/03/2010

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A estas alturas de aquella operación de ingeniería política iniciada, hace cincuenta años, en la penumbra sociológica de la dictadura del Movimiento Nacional --con la intención de que fuera la definitiva para que los españoles se civilizaran , por fin, democráticamente--, decir que Asturias ha dejado de ser de izquierda (sobre todo, de la izquierda de clase ) posiblemente le acarreará, a quien ose proclamarlo en voz alta, el riesgo de ser banderilleado por la izquierda postransitiva que sustituyó a la que había sido el alma del histórico movimiento obrero, por lo menos hasta iniciados los años de la década de los 70; en el siglo pasado.

Esta vapuleada región empezó a perder su vocación izquierdista (además de vocación era también una necesidad ética) de manera alarmante cuando la sociedad española, que había presenciado atónita cómo el general Eisenhower --presidente de los Estados Unidos-- abrazaba cordialmente al general(ísimo) Franco --monarca absoluto, sin corona, de España-- en el Paseo de la Castellana, en Madrid, se dejó arrastrar --la sociedad española-- por la caudalosa corriente economicista del Primer Plan de Desarrollo (1959). Aquel rearme económico de la sociedad nacional fue acompañado por el desarme político y psicológico de la izquierda obrera.

CON AQUELLA sinuosa operación --dizque democratizadora--, Asturias empezó a notar que se le desvanecía de repente todo lo que, hasta entonces, había constituido su propia esencia ideológica. La clase obrera asturiana perdía la que había sido su principal seña de identidad política --por lo tanto, social también--, al mismo tiempo que el vacío que le quedaba en el alma se lo rellenaban con las novísimas ideas consumistas (ojo: dice consumistas) que le embutían quienes utilizaban el embudo de sus intereses particulares, para intentar espresarles el sentimiento individualista que, sin duda, facilitaría la neutralización de la histórica tendencia de la clase obrera a conservar intacto su noble sentimiento de solidaridad.

Cuando en este país, que parece ser propiedad privada de la derecha conservadora, sea posible hacer una revisión científica del mito de la Transición --cosa que, por ahora, no parece ser posible--, probablemente, se descubrirá que ni fue tan modélica, como pretenden sus incondicionales devotos; ni tan espontánea, como nos quieren hacer creer; ni tan limpia, ni tan decisiva para la convivencia social. La Transición fue una larga operación de márketing político y económico, teledirigida por quienes, en aquellos momentos, controlaban los sístoles y diástoles de los corazones trémulos de los españoles que asistían, sin creerlo, al espectáculo fúnebre de la despedida del Faraón que mandó hacer una pirámide funeraria en Cualgamuros.

CURIOSAMENTE, treinta y cinco años después de aquellos funerales, los supervivientes de aquella espectacular operación de cambio --o de cambalache--, del ritmo político, la izquierda asturiana podría estar asistiendo en estos momentos a la resurrección semántica del viejo --pero no antiguo-- discurso único que tanto contribuyó, en su día, a pacificar los espíritus de los hijos de la ira obrera , al mismo tiempo que llenaba de complacencia las almas de la derecha atávicamente españolista.

Asturias tuvo una mala --pésima-- fama política entre las clases sociales domesticadas por los filósofos de la derecha ultraconservadora, a causa de aquel ardiente movimiento obrero que había empezado a organizarse, en serio, principalmente en las cuencas mineras y en Gijón, a partir de la segunda década del siglo XIX.

Contra el apoliticismo, que pretendía imponerle la clase dominante a la masa obrera, ésta apostó por la acción política como instrumento fundamental para lograr hacer realidad sus justas reivindicaciones sociales. Alrededor de esta épica obrerista, la imaginación novelesca de la derecha radicalizada tejió una tenebrosa leyenda que todavía hoy está considerada como la historia oficial --real y única-- de aquel movimiento de la clase obrera.

Pero no solo es eso, sino que además, es la única fuente científica en la que deben beber las nuevas generaciones de historiadores. Por lo visto, parecen estar mejor predispuestos para recoger los aspectos subjetivos de aquel fenómeno --social y político-- obrerista para indagar y profundizar en las condiciones objetivas que provocaron los sucesos que escandalizan a los incondicionales del género novelístico . Eso, antes que aceptar la investigación de las causas objetivas que desataron los hechos.

Al parecer, hurgar en la memoria democrática de la sociedad no sólo está mal visto por la inteligencia que mitificó la Transición, sino que también podría constituir una acción políticamente provocadora.

La objetividad histórica debe permanecer sometida a la subjetividad partidista. Pero siempre que sea la derecha quien determine ese subjetivismo que siempre acaba condenando a la izquierda. Sobre todo, a la izquierda obrerista.

*Periodista.LA VOZ DE ASTURIAS.COM


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