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Lorenzo:reflexion estival
#1

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El ojo del tigre.
Lorenzo : reflexion estival
Es evidente que vivimos un tiempo en el que lo económico prevalece sobre lo ideológico.

15/08/2010

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A mis colegas del ´Belmont Party´


A estas alturas de la transición --tres décadas y pico después de su institucionalización como sistema político específico--, todavía hay muchos que siguen creyendo que aquella larga y compleja operación de reforma de la dictadura sirvió para crear un sistema ideológico que colocaría a España en las antípodas de aquel prolongado periodo ultrapresidencialista , que tuvo como protagonista principal a un general (ísimo) que tenia ojos présbitas y una mirada inquietante. Son mayoría los que piensan que este, supuestamente, nuevo modelo (anfibio) de gobierno del país es el después total del franquismo; la compensación por tantos años vividos a merced de las arbitrariedades políticas, el premio por el tiempo vivido bajo la férula de un poder despótico, que tuvo secuestradas las libertades esenciales que deberíamos compartir entre todos con naturalidad, como ocurre en las sociedades sociológicamente civilizadas.

Insisto: aún se cree que esta democracia es un territorio nuevo; diferente del que anteriormente ocupaba el franquismo; otro espacio político "distinto y distante", como habría dicho Leopoldo Calvo Sotelo, aquel segundo y breve presidente que administro los bienes espirituales --y materiales-- de una Transición aún sin cristalizar definitivamente; recién salida de un temperamental intento de frustrarla poniéndole una pistola ( otra vez!) en la sien y golpeándola en el plexo solar: el Congreso de los Diputados.

En realidad, este régimen democrático ha sido construido como un sistema adosado al inmediatamente anterior. Con lo cual, todavía algunas de las humedades ideológicas fundamentales del viejo edificio rezuman en las paredes maestras del sistema recién construido. Cómo es posible que ocurra esto? Por una simple razón: porque los arquitectos del edificio político levantado sobre el mismo solar (España) que ocupaba el sistema semiderruido, decidieron evitar el aislamiento radical del nuevo (la ruptura) y optaron por consensuar el aprovechamiento de los antiguos cimientos para la construcción de las modernas paredes.


LOS MOMENTOS durante los cuales es cuando más se nota ese proyecto ecléctico que, al final, decidieron aprovechar los autores materiales (y espirituales) de la transición, son aquellos que tienen una relación directa con la economía. Por ejemplo: el recorte drástico en las inversiones para las obras públicas ya iniciadas o las que, estando proyectadas, aún no empezaron a construirse. En Asturias abundan estos casos. Pero, sobre todos, hay dos que facilitan el alarido tenaz de la oposición al Gobierno socialdemócrata: a) la Autovia del Cantábrico; b) las obras para el AVE. Aquí se confunden las funciones administrativas del Estado con las actividades políticas del estamento que manipula el sistema; de tal manera, que acaban por componer ambas una compleja y tupida red de intereses entre cuyas mallas queda atrapado --e inmovilizado-- el sentido común.

Este fenómeno, que consiste en utilizar el método económico y el sistema político para crear conflictos partidistas, es viejo en la cultura liberal democrática europea. Llegó a decirse que en todo sistema liberal siempre se esta haciendo política incluso cuando se trata de construir un ferrocarril. Lo mismo se repitió aquí, en España, cuando se notaron los primeros síntomas del cambio (1957).

Los partidarios de conservar las líneas maestras del Glorioso Movimiento Nacional --surgido del Espíritu del 18 de Julio -- insistían en que no se distanciaran las decisiones administrativas de las resoluciones meramente políticas. Durante cuarenta años, ese método les dio espléndidos resultados a quienes representando al poder político --único-- habían utilizado el económico para granjearse las simpatías, que entonces eran inquebrantables, de quienes necesitaban, por ejemplo, una carretera o un ferrocarril que les permitiera ir y volver sin perder su contacto directo con el ombligo social en el que se habían acomodado.

Es evidente que vivimos un tiempo en el que lo económico prevalece sobre lo ideológico. Son muy pocos los que se sienten capacitados para vivir de sus ideas políticas, pero componen una legión aquellos que no sabrían qué hacer si les fallara el sistema económico como sustento de su función política. Además, el factor económico genera fidelidades políticas más fuertes y más constantes que las simplemente ideológicas. El dinero público afianza el favor político en una sociedad que ha perdido su pasión por la utopía --así se fue desmoronando rápidamente la ideología como nutriente de la izquierda--, la teoría política no tiene sentido. Solo lo tiene la práctica económica. En cuyo caso, un padre de la Patria es más padre si, además, construye carreteras y ferrocarriles. Ahí está el singular --y disputado-- Cascos para demostrarlo.

Esto se practicó hasta la saciedad durante el régimen de aquel general superlativo, en donde ("gracias a Franco") los españoles viajaban en tren. Y esto, precisamente, es lo que permanece intacto en la democracia de la Transición, la Reforma política adosada al franquismo de despensa y olla.


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