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No hay terrorismo bueno ni terrorismo malo
#1

CICATRICES EN LA MEMORIA
(PRÓLOGO)

Roberto Fernández Retamar | La Habana

Los monstruosos atentados que el 11 de septiembre de 2001 abatieron las torres del World Trade Center en Nueva York y destruyeron un ala del Pentágono en Washington, provocaron en el mundo un enorme y justificado rechazo ante los horribles actos de terrorismo. Cuba fue uno de los primeros países en condenarlos, y en ofrecer ayuda al agredido pueblo estadounidense, al que, al margen de conocidas diferencias políticas, tanto nos une. Además de ello, Cuba sabe de qué se está hablando, pues ha sufrido en carne propia, desde 1959, cuantiosos actos terroristas, por lo general alentados, con raras excepciones como las del gobierno de Carter, por sucesivas administraciones de los Estados Unidos.

No hay terrorismo bueno ni terrorismo malo: todo terrorismo es condenable; ni son solo los poderosos los que padecen cuando el terrorismo se vuelve contra ellos. Pero los medios de información (a menudo, de desinformación) en manos de los últimos, llevan a las cuatro esquinas del planeta ecos de sus dolores, y acallan o minimizan los de la humanidad pobre. Este libro se propone mostrar cómo escritores radicados en Cuba han recreado algunas de las múltiples agresiones sufridas por el país a lo largo de más de cuarenta años. Es menester escuchar su voz, en momentos en que se pretende hacer creer que solo los crímenes de aquel 11 de septiembre son merecedores de repudio: e intentando borrar, de paso, otro 11 de septiembre, el de 1973, cuando, cumpliendo instrucciones del gobierno de turno en los Estados Unidos, fue bombardeado en Chile el Palacio de La Moneda, lo que ocasionó la muerte al Presidente Salvador Allende, y se instauró una feroz tiranía militar que asesinaría a millares. El filme de 1982 de Costa Gavras, Missing (Desaparecido), denunció el hecho centrándose en el asesinato de un joven periodista norteamericano cuyo padre fue encarnado memorablemente por Jack Lemmon.

Los actos terroristas cometidos contra Cuba han sido variadísimos, e incluyen sabotajes (como el del barco francés La Coubre, el 4 de marzo de 1960, cuando se descargaban en el puerto de La Habana municiones belgas requeridas para defenderse, o el que el 6 de octubre de 1976 hizo estallar en pleno vuelo un avión cubano de pasajeros recién despegado de Barbados: los autores intelectuales de este último crimen son los connotados terroristas adiestrados por la CIA Orlando Bosch, quien se pasea impunemente por Miami, y Luis Posada Carriles, en la actualidad detenido en Panamá con varios de sus secuaces por haber intentado dar muerte en aquel país a Fidel y de paso a un número indeterminado de estudiantes); incendios (como el que el 13 de abril de 1961 destruyó la más importante tienda cubana, El Encanto); secuestros (como los de pescadores cubanos en alta mar, en los años sesenta y setenta, o el famoso del niño Elián entre 1999 y 2000); atentados (como los numerosísimos que se han proyectado contra Fidel y otros dirigentes, o el que el 22 de abril de 1976 costó la vida a diplomáticos cubanos en Portugal); infiltraciones de terroristas (de las que es ejemplo la ocurrida el 15 de octubre de 1994 en Caibarién); colocación de explosivos (en fecha tan cercana como el 4 de septiembre de 1997 estallaron en los hoteles habaneros Copacabana, Tritón y Chateau Miramar y en el restaurante La Bodeguita del Medio, varios de esos explosivos, colocados por un salvadoreño que contrató Posada Carriles); ametrallamientos desde el mar, guerra biológica y por supuesto la consabida invasión mercenaria similar a las que tantos países del área han conocido: baste el ejemplo de la Guatemala de 1954. La diferencia estriba en que la que se envió a Cuba en abril de 1961 fue desbaratada en sesenta y seis horas. Como consecuencia de esa derrota, las máximas autoridades norteamericanas organizaron el tenebroso Plan Mangosta, que implicó muchísimas agresiones a Cuba y hubiera podido conducir a una agresión directa de tropas de los Estados Unidos a la Isla en 1962 (ver de Jacinto Valdés-Dapena su libro Operación Mangosta: Preludio de la invasión directa a Cuba, La Habana, Editorial Capitán San Luis, 2002). Para disuadir a los gobernantes de ese país, no para atacarlo, y sobre todo por razones de solidaridad con el que era el campo socialista, Cuba accedió a la sugerencia soviética de emplazar cohetes atómicos en su territorio, lo que condujo a la Crisis de Octubre de 1962, el momento más álgido de la Guerra Fría, que puso a la humanidad al borde de la extinción. En los momentos en que se escriben estas líneas, tiene lugar en Cuba la “Conferencia Internacional La Crisis de Octubre, una visión política 40 años después”, con la participación de varios protagonistas sobrevivientes del estremecedor acontecimiento: una Conferencia, se ha dicho, signada por el rigor y el respeto. Así ocurrirá, tarde o temprano, cuando en el futuro se aborden otros de los hechos aludidos en este libro. Tales hechos han ocasionado a Cuba 3 478 muertos y 2 099 lisiados (véase Demanda del pueblo de Cuba al gobierno de los Estados Unidos por daños humanos [presentada al Tribunal Provincial Popular en La Habana el 31 de mayo de 1999], La Habana, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 1999).

Los textos que se reúnen en este volumen son ejemplos de lo que Mario Benedetti llamó, en un libro de utilidad, Letras de emergencia (Buenos Aires, Editorial Alfa Argentina, 1973). Varios de tales textos, por su calidad intrínseca, sobrevivirán a las coyunturas que los han hecho nacer. Pero sin duda el énfasis ha sido puesto en esas coyunturas. Y su propósito común no es solo mostrarlas, sino llamar la atención sobre cómo Cuba está obligada a defenderse del terrorismo que ha padecido no en un solitario y amarguísimo día de septiembre, sino durante más de cuarenta años. Un ejemplo señero de esa defensa lo ofrecieron los cinco patriotas cubanos que en estos instantes están encarcelados en prisiones de los Estados Unidos, sometidos a condenas alucinantes, por el presunto delito de haberse infiltrado en grupúsculos radicados en la Florida, sobre todo en Miami, desde donde dichos grupúsculos han estado planeando acciones terroristas contra Cuba a ciencia y paciencia de autoridades de aquella nación. No es delito, sino timbre de gloria, defender a su país contra el terrorismo. Si de modo similar hubieran sido infiltradas las bandas de agresores del 11 de septiembre de 2001, que sorprendentemente se entrenaron en los Estados Unidos, estos no hubieran tenido que lamentar los horrores de ese día. Sabe Dios cuántos males evitaron, no solo a Cuba, estos compañeros encarcelados, a los cuales se les ha concedido en su patria el altísimo honor de ser llamados Héroes. En el epílogo de este libro, Ricardo Alarcón, Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, explica los avatares del caso.

Llegar a la inteligencia y al corazón de los demás pueblos, en particular el de los Estados Unidos, es aspiración de estas páginas. Cuando el secuestro de Elián, el ochenta por ciento de la opinión pública de ese país apoyó el regreso del niño al seno de su verdadera familia y de su tierra verdadera. No hay que confundir las trapacerías de gobernantes inescrupulosos con los nobles sentimientos de un pueblo que en el siglo XVIII inició la revolución independentista en América, en el XIX logró hacer extinguir la esclavitud y en el XX combatió contra el nazifascismo fuera y el macartismo dentro de sus fronteras. Confiamos en lo mejor de ese pueblo, la patria de Lincoln. Estas páginas se escribieron, en gran parte, pensando en él. Estamos seguros de que no habrá sido en vano.

La Habana, 13 de octubre de 2002
#2

El peor terrorismo, el terrorismo de estado


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