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Reforma laboral,una herejia
#1

ESPAÑA (y su izquierda), PRESA AUN DEL FEUDALISMO »
Jan 22
REFORMA LABORAL: UNA HEREJIA

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LA REFORMA LABORAL: UNA HEREJIA
La reforma del mercado laboral se ha convertido en un tema espinoso, donde se enfrentan, al parecer, dos posiciones sustancialmente diferentes. La sindical, contraria a que la misma pueda implicar recortes de derechos sociales y económicos; y la patronal, partidaria de desregularizar el mercado, eliminando derechos, tanto a nivel indemnizatorio, como en orden a las garantías para la contratación y el despido. Suponemos que ambas partirán en sus análisis y propuestas del dato incontestable de que, a diferencia de lo que ocurría hace unos 20 o 30 años, en la actualidad los trabajadores y las empresas de los centros capitalistas, y por causa de la globalización, se enfrentan a una verdadera competencia de sus homólogos de los países emergentes. La liberación de los mercados internacionales, la apertura de las fronteras, la eliminación de aranceles, la borrachera, pues, del libre comercio internacional, han puesto a las industrias nacionales bajo un escenario de competencia crudísima. Dependiendo de la situación previa, poderío militar, relaciones diplomáticas, etc, algunos países, como Alemania y Estados Unidos, se han convertido en una maquina exportadora de primer orden; preservan, no sin problemas, sus empresas matrices de los vaivenes de la dura competencia, con la ayuda de una producción de un alto valor tecnológico; en otras casos, la producción se defiende en el mercado internacional a base de unos costes bajísimos, derivados de unos gastos salariales y sociales de miseria o inexistentes. Es el caso de los países emergentes, China, India, Brasil, etc. Y están otros casos, como el Español, a caballo de uno y otro modelo. En efecto, España ha podido, en cierto modo, desarrollar un sector industrial volcado al exterior en estas últimas décadas, pero, en modo alguno, equiparable a la maquinaria alemana, americana o japonesa. Sus más reducidos salarios han posibilitado el fenómeno; pero es cierto que donde más hemos podido externalizar nuestras empresas ha sido en el mundo financiero: el 30% del mercado bancario latinoamericano lo domina el capital financiero español. En realidad, España ha sido receptora de capitales, bienes y servicios de los países más desarrollados en los sectores industriales más avanzados y de otros bienes y servicios de menos intensidad de capital y tecnología provenientes de los países emergentes (calzado, textil, menaje, etc). Al tiempo, España ha sido el lugar elegido por las multinacionales para instalar sus factorías industriales. Ocurre, sin embargo, que la globalización y la crisis, la necesidad del capital de reducir costes en la salvaje competencia, exige, en el contexto de un mercado de trabajo ya internacionalizado, y ante la carencia de un poder obrero/sindical internacional unido a superestructuras institucionales y legislaciones supranacionales, que las legislaciones laborales se equiparen a la baja. Y aquel país y sus trabajadores que no acepten tales condiciones, o bien optan por el proteccionismo, o bien, a medio y largo plazo, se convertirán en un desierto económico, por efecto de las deslocalizaciones de las inversiones. A esto debe sumársele otra cuestión no menos importante. Ya el empresario individual y nacional, con la inseguridad creciente en esta intensa competitividad internacional , no quiere hacerse cargo de todas las cargas de la inversión productiva: costes sociales, indemnizaciones, etc. Sobre todo, si con la inseguridad, que no era tan acusada hace 30 años, vislumbran que los negocios o proyectos pueden fracasar; para este supuesto, en este mundo tan competitivo, no querrían los empresarios encontrarse con un periodo de liquidación rodeado de muchas cargas y acreedores preferentes, etc. Queremos decir que las cargas sociales de la inversión anudadas al empresario a nivel individual eran asumibles en un escenario económico internacional de cierta estabilidad y seguridad; sin embargo, en el mundo globalizado, los inversores, ante el aumento de la probabilidad de fracasar, no son partidarios de asumir por sí solos las cargas de la inversión. En España este sentimiento es más acusado; el empresario español es esencialmente cortoplacista; invierte para recoger beneficios, mejor para ayer, sin muchas ataduras sociales y contractuales, y por eso ha preferido actividades estacionales, como es el caso de la construcción o especulativas financieras, como ilustra que el capital financiero español controle el 30% del sector bancario de latinoamérica. Con esta mentalidad, es incapaz el empresario español de abordar empresas de mayor envergadura tecnológica, científica y estratégica. Y la verdad es que sobre esta base es difícil imaginar un España exportadora, salvo que descendamos al nivel salarial de los países emergentes, escenario por cierto indeseable. Entonces, ¿qué hacer?. Pues bien, hay, en principio, que desatascar el mercado laboral; los inversores y productores no pueden adoptar sus decisiones de invertir o no acongojados por las perspectivas de las cargas sociales (posibles y futuras indemnizaciones, despidos difíciles, et). De hecho, todo esto condiciona negativamente las decisiones de muchas unidades empresariales, que terminan por no invertir o cerrar sus instalaciones. Es obligado, por tanto, DESPLAZAR todas esas cargas del lado de mundo de las decisiones empresariales, de la esfera de la producción, y externalizarlas para que de ellas se haga cargo la sociedad. Las indemnizaciones, si las hubiera, se harán a cargo del presupuesto estatal; el despido sin trabas no debe causar pavor si se consigue un nivel de ocupabilidad cercano al pleno empleo y existen unas dignas y suficientes coberturas de desempleo, formación y reciclaje de la mano de obra. Ahora bien, libre la esfera de la producción de cargas que, no obstante, le son consustanciales en otro sistema que no se basara en la competencia, es la nación la que se debe hacer cargo de las mismas, gravando las rentas y el patrimonio de quienes, en el consumo, en la concentración de propiedad, etc manifiestan tener mayor capacidad económica. Se puede y debe gravar más las esfera financiera, pongamos por ejemplo, y el gasto suntuario, para poder aliviar la esfera productiva. Porque, se trata, no se olvide, de desatascar el mercado laboral, no de eliminar derechos y seguridades para sus trabajadores. Y en este campo, posiblemente tendríamos en contra a sectores muy concretos del capital: el financiero, la alta burguesía rentista, los grandes patrimonios, etc; pero tendríamos a nuestro lado al pequeño y mediano capital. Luego a la reforma del mercado laboral va unida indisolublemente una profunda reforma fiscal progresista. La derecha, sin duda, solo prefiere y defiende la simple desregulación laboral; la eliminación pura y simple de los derechos y garantías laborales, fiando al juego del mercado la incierta mayor creación de riqueza, de la que, en su caso, ya se beneficiarían los trabajadores. Cosa muy natural; están defendiendo los intereses de la burguesía, y es lógico que esta propuesta apetezca a todos sus integrantes, capital financiero, alta burguesía, e inclusive a mediana y pequeña empresa, todos ellos refractarios al aumento de la presión fiscal. Pero ya sea la reforma realizada desde los parámetros de la izquierda, en la que, además, la reducción de la jornada de trabajo debe ser otra premisa, ya sea desde la derecha, en un contexto de crisis de sobreproducción y de falta de liquidez y de crédito y de una demanda interna estrangulada por el alto endeudamiento, los resultados serían muy magros y de una dudosa consistencia a medio y largo plazo. Salvo, una vez más que España, por arte de birlibirloque, se convirtiera, de la noche a la mañana, en un potencia exportadora de primer orden, compitiendo con Estados Unidos, China, Alemania, Francia, etc. No parece un escenario muy creíble (¿dónde está el peso diplomático y militar de España); al contrario, más bien parece que nuestra capacidad exportadora irá de la mano del eje franco alemán y con ello se tiene asegurado un papel secundario y complementario de éstos. Un papel exportador propio, autónomo, vigoroso siempre va acompañada de un previo poderío político y militar de la nación en cuestión y nada de esto concurre en nuestro país. El enorme potencial exportador chino se atribuye en exclusiva al factor salarial; sin embargo, se olvida deliberadamente que el precio de los productos chinos son altamente competitivos porque no contienen la plusvalía o ganancia de una burguesía inexistente (o al menos de una envergadura bastante menor que la de los países capitalistas). Y se trata, pues, de que la plusvalía que la burguesía española reclama para sí no sólo implique mayores precios en los productos nacionales sino, al contrario, su reducción, aumentado con ello no sólo las oportunidades de exportación sino, asimismo, de la propia capacidad de consumo interno; y para ello hay dos posibles salidas: o renuncia la burguesía en su conjunto a parte de aquella o se procede a una redistribución de la misma entre la propia burguesía, incrementado la que se apropia la pequeña y mediana empresa en la esfera de la producción de bienes y servicios, por ejemplo, con la reducción drástica de las cotizaciones sociales (y, por consiguiente, de los precios) y, paralelamente, reduciendo, a través una fuerte imposición fiscal, la que se apropia el capital financiero e inmobiliario y el consumo suntuoso, los cuales, con ello, se harían cargo de parte de los costes de producción. Con ello, la acumulación de capital en España perdería la asimetría que, actualmente, le aqueja a favor del sector o oligarquía financiera, inclinándose, por vez primera, del lado de la actividad productiva, que, incluso, en este escenario de crisis podría repuntar, como, por ejemplo, lo hace en China. Luego, el estorbo fundamental es la dictadura bancaria que España sufre y padece. Y todo ello planteado sin sobrepasar el marco del mismo capitalismo; aunque, en realidad, por su envergadura, en España todo ello implicaría una verdadera revolucion LA REPUBLICA.ES 23-1-10


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